Domingo Barbolla, sociólogo de Cáceres: "El porqué de la carestía de la vida y esas cosas cotidianas"

Nada nuevo digo si mantengo que vivir en nuestro país requiere de más recursos cada día, recursos que no aparecen por ningún lado, lo que nos lleva a disponer de "menos cosas" que hace unos años. Europa ha sido la civilización hegemónica en el planeta durante los últimos siglos, ello permitía recoger recursos globales y distribuirlos (no de forma igualitaria, pero sí razonable) entre los habitantes de nuestras sociedades. Ahora todo ha cambiado: occidente (entiéndase Europa, Estados Unidos y Canadá) está perdiendo poder y con ello capacidad de recoger ese tributo común del planeta tierra. Ahora los recursos generados entre todos –los diez mil millones de habitantes– son distribuidos por esa "mano invisible" que se dijera en su tiempo como artífice del modelo capitalista que se encarga de distribuir lo generado entre todos. Otros países se han apuntado al reparto, sus sociedades exigen más de la tarta común y eso hace que al generar ese nuevo reparto nos toque menos. Esto, dicho así, es lo que nos permite entender esas cosas abstractas de la inflación y las dinámicas internaciones que –sin duda– nos afectan en nuestra forma de vivir. Antes, desde la bondad pensada, recurríamos a las oenegés para ejercitar cierta distribución de caridad. Ahora, ellos, esos "otros países del mundo", requieren de mejor reparto a tenor de su desarrollo común. Cabría pensar que entre todos produciríamos más y que ese excedente serviría para satisfacción cierta distribución justa, pero es el mercado el que "exige" la distribución de ahora mismo más allá de voluntades de unos y otros. Al final, nosotros (comparativamente) recogemos menos del pastel común y esto hace que muchos de nosotros sintamos esa escasez comparativa a la de antes. Es verdad que por el propio reparto en cada país unos salen más recompensados que otros, pero la mayoría salimos con menos en nuestro día a día. Esto también ayuda a explicar el aumento de partidos que recogen este malestar con la promesa de solucionarlo: ¡imposible! Nuestro tiempo de abundancia comparativa se acabó. Lo siento… ¿o quizás sea lo justo?