"Cuando me llamó la familia para advertirme de que tapara bien la puerta, el agua ya estaba entrando. A los pocos minutos la teníamos hasta la rodilla y le dije a la mujer que yo la subiría, que no la iba a dejar allí. Subimos al primer piso con mucha agua y mucha dificultad. Tuve muchísimo miedo. Los tres días siguientes busqué comida, movía a la mujer a pulso con mucho esfuerzo y la cuidé hasta que llegó su familia. Les ayudé a recoger las cosas de la anciana y entonces me dijeron que me fuera, que la señora se iba a una residencia. Me echaron de allí y me tuve que ir andando hasta Bétera, donde tenía a un conocido porque no tenía adónde ir ni con quien quedarme". Mercedes Gámez relata de esta forma la tragedia que la ha marcado de por vida desde el día de la dana en Valencia y la forma en la que la trató la familia para la que trabajaba como interna, sin contrato y sin descanso, 7 días a la semana, 24 horas, de lunes a domingo, por 1.600 euros para encargarse de una anciana de 95 años. Es más, si necesitaba ausentarse del trabajo debía buscar sustituta (previo visto bueno de la familia) y pagarle con su salario.