En el municipio malagueño de Benaoján, situado en la Serranía de Ronda, existe un lugar que parece detenido en el tiempo, una auténtica cápsula que transporta a sus visitantes al Paleolítico malagueño. Se trata de la Cueva de la Pileta, un enclave donde el ser humano dejó su huella hace más de 30.000 años y que hoy se erige como una de las cuevas con arte rupestre más importantes de Andalucía. Sus paredes conservan cientos de pinturas, símbolos y rastros de vida prehistórica que la convierten en un tesoro patrimonial de valor incalculable. La relevancia de la Cueva de la Pileta reside en su excepcionalidad. Junto a otros enclaves como Ardales y Nerja, forma parte de la candidatura a patrimonio mundial que impulsa la provincia de Málaga por su riqueza prehistórica. Según cuenta en COPE Málaga el doctor en Prehistoria y director del Museo de Teba, Serafín Becerra, "conserva un sinfín, centenares y centenares de motivos pictóricos de época prehistórica". Esta abundancia de arte, que abarca desde el Paleolítico (entre 30.000 y 10.000 años de antigüedad) hasta la prehistoria reciente (en torno al 5.000 a.C.), junto a su muy buena conservación, la convierten en un sitio único. La cavidad tiene un recorrido de más de un kilómetro, aunque el itinerario visitable se extiende a lo largo de unos 500 metros. Pero su singularidad no solo radica en sus tesoros pictóricos, sino también en su historia y su modelo de gestión. La cueva fue descubierta en 1905 por un vecino de Benaoján, José Bullón Lobato, que buscaba guano de murciélago para usarlo como fertilizante. Años más tarde, el coronel británico Werner, destinado en Gibraltar, fue el primero en tomar conciencia de su importancia arqueológica. A diferencia de la mayoría de estos yacimientos, que suelen estar en manos de administraciones públicas, la Cueva de la Pileta es de titularidad privada. Tras ser cedida por sus propietarios originales, la familia Bullón ha sido la custodia y gestora del monumento durante generaciones. Ellos se encargan de organizar las visitas guiadas y el control de acceso, adaptándose a las exigentes medidas de conservación que requiere un lugar tan frágil para evitar el deterioro de sus milenarias pinturas. Este modelo de gestión privada es un caso excepcional en el panorama del patrimonio histórico nacional. Adentrarse en la cueva es iniciar un recorrido por distintas épocas y expresiones artísticas. Durante el Paleolítico, entre el Gravetiense y el Magdaleniense, los antiguos pobladores plasmaron en sus paredes un amplio bestiario. Las representaciones de animales son las protagonistas, con figuras de caballos, ciervos y toros. Destacan piezas imponentes como el gran pez de más de un metro de largo, una posible foca y, sobre todo, el emblema de la cueva: la yegua preñada, una elegante figura en negro con detalles en rojo. La ciencia ofrece varias teorías sobre el propósito de este arte. Serafín Becerra explica que una de las más aceptadas es que "durante el Paleolítico las cuevas funcionaban como lugares de agregación, donde las comunidades se reunían, establecían relaciones personales entre ellos, se intercambiaban productos, se seguramente se concertaban matrimonios y demás". En el marco de estos ritos comunitarios, la pintura de las cuevas jugaba un papel fundamental como elemento cohesionador. Milenios más tarde, durante la prehistoria reciente (hacia el 5.000-4.200 a.C.), el estilo artístico cambió radicalmente. Las paredes se llenaron de motivos esquemáticos, representaciones muy simplificadas de figuras humanas y animales. Un trazo horizontal y cuatro verticales bastaban para dibujar un animal, mientras que la figura humana se reducía a su mínima expresión. El propósito también parece haber sido diferente, ya que este arte esquemático parece estar más relacionado con un mundo funerario, como sugiere el hallazgo de restos óseos humanos en el interior de la cueva. Parte de la historia de la Cueva de la Pileta también se encuentra fuera de ella, en el Museo de Málaga. Los objetos que allí se exponen proceden de la intervención que realizó el arqueólogo Simeón Giménez Reyna en la década de 1940. Entre las piezas recuperadas, dos destacan por su excepcionalidad y el relato que cuentan sobre la vida en la prehistoria. Una de estas joyas es un objeto tan sencillo como revelador: una concha de ostra fósil datada en más de 25.000 años. Becerra la describe como una pieza excepcional que "sirvió como lámpara portátil". Los habitantes del Paleolítico llenaban su concavidad con grasa animal o cera para crear una llama que les permitía iluminar la profunda oscuridad de la cueva. Es un testimonio directo de la tecnología y el ingenio de nuestros antepasados. La otra pieza icónica es la conocida como la Venus de la Pileta. Se trata de una pequeña estatuilla modelada en arcilla que representa una figura femenina de forma esquemática, a través de dos triángulos unidos donde se marcan los senos y el pubis. Esta "Venus", característica del Calcolítico, está relacionada con la importancia de la mujer y los ritos de fertilidad en las comunidades de la prehistoria reciente. Es, según Becerra, "la pieza más icónica arqueológicamente hablando de la Cueva de la Pileta", un delicado símbolo de un mundo simbólico y espiritual de enorme riqueza.