El martes fui a comprar el pan nuestro de cada día a mi panadería de costumbre. Me gusta el pan artesano, hecho a mano, integral, que es bueno para el colon, del que estoy maltrecho, amasado a mano, cocido en horno de leña y con materias naturales, si es que quedan todavía, y no ese pan hecho con máquinas que funcionan con códigos extraños, aguas de procedencia muy confusa, sales de salinas contaminadas, y que en cuanto se le deja fuera de la bolsa se vuelve chicle. Voy pedaleando con la borriquilla tomando el aire fresco de la playa, pero no me fío de ella, porque el otro día tuve que cambiarle el cambio de varios piñones. A lo que iba. Entro en la panadería, de reconocido prestigio, ganado por su profesionalidad, aunque los precios son caros, me pongo en cola y, a pesar de tener años para ser atendido con preferencia, cuando me llega el turno, pido dos barritas de integral y pongo con mucha educación los dos euritos de rigor sobre el mostrador. La panadera no los coge y me dice que faltan 20 céntimos, o, sea, que al pan le han metido una subida por la cara del 10 por ciento. A mí, con el perdón del Gobierno, la pensión me ha subido algo más del 2 por ciento, y no me cuadra esta subida. La gente protesta porque suben las cosas como sube la tensión si uno se atiborra de beber vino. Pero hoy que hay tantos adelantos en la viña del Señor en lo que se refiere a la nutrición, no hay que enfadarse porque te suban el precio del pan, lo que hay que hacer es comer menos para que la pensión te llegue hasta fin de mes. Y para eso, lo mejor, es practicar el ayuno intermitente, un buen invento para el cuerpo, y para la cartera. Hay una forma de ahorra bastante y vivir desahogado: desayuno fuerte a las doce de la mañana, cena a las seis de la tarde y a la cama, hasta el otro día a las diez. Cuanto menos se coma, se vive más dicen los entendidos. Seguid subiendo los precios, a vuestro aire Cayetano Peláez del Rosal. Cartagena (Murcia)