“Me dijeron que mis mellizas no sobrevivirían”: el dramático parto prematuro de Alicia tras una hemorragia masiva y un traslado de alto riesgo

14 de diciembre. Una fecha marcada en rojo en el calendario de Alicia López, 34 años, madre de un pequeño de apenas 14 meses y embarazada de mellizas. Aquel día debía ser el más feliz de su vida. El día de abrazarlas por primera vez. El día en que el miedo lógico del parto se transformaría en lágrimas de emoción. Pero el 14 de diciembre no empezó como un amanecer de esperanza. Empezó con sangre. Tres días antes, en la madrugada del 11 de diciembre, Alicia se despertó empapada. No era la bolsa rota. Era una hemorragia masiva. “Miraba el colchón, las paredes… y pensaba: ya está, aquí todo ha terminado”, recuerda. El terror se instaló en su cuerpo antes incluso de que llegara la ambulancia. Llamó al 112 suplicando que alguien permaneciera al teléfono. Que no la dejaran sola. “Por favor, necesito que alguien esté al lado”, repetía. La llamada se cortó. Hasta en tres ocasiones. Cuando por fin llegó la asistencia, lo que debía ser contención se convirtió en desconcierto: indicaciones contradictorias, una silla de ruedas cuando le habían dicho que permaneciera tumbada, miradas que no entendían la magnitud del miedo. Su pareja tuvo que empujar la camilla a toda prisa en urgencias. Allí, en el hospital de Albacete, el equipo de ginecología reaccionó con rapidez y profesionalidad. Lograron estabilizarla. Escucharon el latido de las niñas. Por unos minutos, el mundo volvió a respirar.  Pero la calma duró poco. Un médico fue directo: si las mellizas nacían en las próximas 24 horas, no sobrevivirían. No había respiradores disponibles para prematuras de apenas 30 semanas. “Lo único que pude decir fue: ¿y qué hacemos?”, cuenta Alicia. Pidió traslado. Suplicó alternativas. Alicante, Murcia, cualquier lugar. La respuesta fue esperar. Finalmente, la ambulancia la llevó a Toledo. Una hora y media que se convirtió en una ruleta rusa. Alicia padecía placenta previa oclusiva total: si entraba en parto, debía ser cesárea urgente. Sin margen. Sin plan B. “Cuando pregunté qué pasaría si me ponía de parto en la carretera, me dijeron que podrían parar en otro hospital. Pero sin respiradores. Era jugármela”.  Y se la jugó. Llegó a Toledo sangrando. Allí encontró otra cara de la sanidad: humanidad, coordinación, empatía. “Me daban crema hidratante porque no sabíamos dónde había una farmacia. Le llevaban un plato de comida a mi chico para que no me dejara sola. Son pequeños gestos que te salvan”. Durante tres días su cuerpo resistió. Hasta que ya no pudo más. La cesárea llegó a las 30 semanas y 5 días. Antes de entrar en quirófano, los anestesistas le explicaron que quizá tendrían que retirarle el útero. Lo hicieron con una delicadeza que Alicia aún agradece. No fue necesario. Las niñas nacieron. Vivas. Guerreras. Comenzaba entonces otra batalla: la UCI neonatal en una ciudad que no era la suya, en plena Navidad, sin alojamiento disponible, separada de su hijo pequeño. “No podíamos irnos tranquilos a casa. No sabíamos si en cualquier momento sonaría una máquina y no estaríamos”. Pasaron un mes fuera. Cuarenta días de incertidumbre, de abrazos aplazados, de sostenerse el uno al otro para no caer. El Día de Reyes llegó el mejor regalo: una de las mellizas recibió el alta. La otra tardaría un poco más. Incluso el regreso fue accidentado: la incubadora dejó de funcionar en mitad del traslado y tuvieron que detenerse de urgencia. Ocho horas de viaje para recorrer lo que normalmente serían tres. Hoy, Alicia mira a sus mellizas desde el sofá de su casa. Sonríe con esa mezcla de cansancio y orgullo que solo entienden quienes han luchado por cada latido. Sabe que tuvo suerte. Pero también sabe que no debería depender de la suerte. Su historia no es solo la crónica de un parto complicado. Es el relato de una madre que, en el momento más vulnerable de su vida, sintió miedo, desamparo y desigualdad. Que se preguntó por qué en algunos casos sí había recursos y en otros no. Que no quiere que nadie más tenga que elegir entre esperar o jugarse la vida en una carretera. “Ha acabado bien, y me da hasta miedo decirlo”, dice mientras las mira. “Son unas guerreras”. El 14 de diciembre no fue el día soñado. Fue una prueba. Una carrera contrarreloj. Una herida que aún cicatriza. Pero también fue el inicio de una historia de resistencia, de amor feroz y de tres pequeños corazones que decidieron latir contra todo pronóstico.