Pues esto no va de una pequeña marquesa al estilo de Rubén Darío, «la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa...?». No está el horno para bollos de cuentos modernistas. ¡Bastantes cuentistas modernos tenemos para embucharnos la realidad de cada día! Esto va de «la marquesina está triste, ¿qué tendrá la marquesina?», porque la marquesina de la parada del autobús se rompió, y tararí que te vi. Se rompió hará cinco meses, y cientos de lluvias, y miles de vientos, y millones de gotas, y a nadie de nuestros políticos se le ha roto la cara de vergüenza al vernos en esa desolación, porque no pueden vernos desde la altura de su poder, nosotros, sus pobres hormigas, a merced de los vientos, las lluvias, mañana tras mañana y frío tras frío y mojado tras mojado, pobres pringados que tenemos que tomar el autobús cada día, cada viento y cada lluvia. La marquesina se rompió y punto final, porque esto del mantenimiento de los servicios públicos, las carreteras, las vías del tren, los hospitales, las escuelas sólo es un cuento. El artilugio político es muy simple por más manido que ya esté: acaban las obras, se inaugura lo obrado, periodistas, cámaras, micrófonos, plataforma donde el político se tira el moco de «hay que ver lo que hemos hecho», como si él lo hubiera hecho, y «ha costado tanto», como si él lo pagara, porque el dinero público no es de nadie; quien primero llega, lo trinca. Y se van el político, los guardaespaldas, los lagartos que acompañan siempre al poder, los micrófonos, las fotos… ¿A dónde se van? ¿A qué bar, a qué coche oficial, a qué marisco? Y se queda sola la plaza, y las nubes y le viento se llevan las palabras, que se convierten en lluvia que cae sobre los pobres sin marquesina para tomar el autobús. Preguntas de quien es nadie, porque ya no hay marquesina que inaugurar. Y aquí, en el páramo inhóspito, sigue el nadie que toma el autobús, humillado al viento, al agua, al frío, inservible el paraguas, mojados el pelo, los pantalones, los pies, esperando a cuando quiera el autobús, ese cajón de niebla, el vaho, la tos, el estornudo, el frío, la mañana, quien baja, quien sube, miradas, silencios, más frío, un suelo con más lluvia. Acelerones. Empujones. Y otra parada, y más gente, más frío, más vaho. Y el nadie, más preguntas de pringado: ¿Dónde estarán los mandamases de todo esto? ¿En qué cafetería? ¿En qué despacho pulcro, seco, calefacción, moqueta? ¿En qué altura desde donde el pueblo sólo somos hormigas que se mojan, estornudan, tosen, sueñan, mueren? Preguntas de otra hormiga que espera siempre, humillada otro día más bajo otra lluvia más, otro viento más, otro frío más. Pero eso sí, muy bien vacunada.