Podemos sentirnos orgullosos por la regularización de miles de personas que ya viven entre nosotros o clamar por su expulsión. Podemos sentir alegría porque podrán trabajar con contrato y cotizar o preferir que sigan explotados sin sostener el Estado del bienestar. Podemos sentir tranquilidad porque no estarán obligadas a hacer lo que sea para sobrevivir o condenarlos a la miseria. Podemos sentir que la bondad es un valor que nos identifica o solazarnos en la crueldad. Podemos sentir optimismo al saber que nuestros hijos crecerán en el respeto y la empatía o desear que se críen en el racismo.