Sor Marta no es una monja convencional. Entregó su vida a Dios a los 16 años y, cuando llegó a la mayoría de edad, ingresó en el monasterio de clausura de Sahagún, en León . Una década después sigue firme en su decisión y se describe como «una monja feliz». Pero lo que le hace especial no es su vocación a la vida contemplativa, sino que combine esta forma de vida austera con las redes sociales. La joven de 29 años es influencer y tiene una comunidad de 470 mil seguidores entre Instagram, TikTok y YouTube. Su contenido gira en torno a su experiencia como benedictina: curiosidades que surgen en las redes sobre este estilo de vida, cómo discernir la vocación propia y la evangelización digital. Algunos de sus vídeos más populares son los que dedica a compartir los secretos de su convento. El interior de los monasterios es una muestra -a menudo escondida- del patrimonio cultural y social de nuestro país. El hogar de Sor Marta está cerrado al público, funciona en un régimen de clausura intermedia, por lo que poca gente lo ha conocido en profundidad. Sor Marta ha roto esta realidad y ha mostrado en su perfil los rincones más privados de la comunidad: la sala de la televisión , el huerto al que dedican su tiempo libre, la iglesia donde rezan la liturgia de las horas -laudes, completas, y demás-. Para ella, la zona más «curiosa» del Monasterio de Santa Cruz es el cementerio, o así lo ha contado en una entrevista reciente en el canal de @supergeografía. «Algo muy curioso de este monasterio es que cuenta con un cementerio. Aquí se entierra a las monjas . Es algo que ahora no se puede hacer. Si tú haces un convento ahora, no puedes tener un cementerio en mitad de la ciudad ni en mitad de la casa. Pero esto es del siglo X», explica la hermana. Sor Marta enseña un patio interior del convento en el que se encuentra este mausoleo privado. Tiene hueco para una decena de cuerpos y, así lo quiere ella, será donde la joven monja será enterrada cuando muera. «Es lo que, entre comillas, lo que toca y por luego por otro lado, pues también nos une», admite. La comunidad que forman en vida, en las tareas del día a día en el convento, continúa de forma espiritual tras la muerte gracias a la comunión de los Santos. El entrevistador le pregunta si está permitido que personas externas visiten las tumbas de las monjas, si alguna de ellas fuera su hermana o su tía, por ejemplo. «Igual que en un cementerio se puede ir a ver a los difuntos, la familia y tal. Cuando tú mueras, ¿aquí van a poder venir a verte? », plantea. La respuesta de la monja es firme: «Sí, si no sería la primera vez. Una hermana que murió el año pasado y su familia ha venido varias veces».