Si no quieres morirte hoy, vete al museo

Nadie muere en los museos. No es que esté prohibido, es que no ocurre. Cada día hay atropellos en las calles, infartos en los supermercados, caídas en las escaleras mecánicas, defunciones en los aeropuertos, en bares, en baños públicos, en camas ajenas. Y, por supuesto, también en hospitales. Pero en los museos no. Allí, donde el tiempo se ha quedado quieto para siempre, la muerte parece no encontrar la forma de entrar. Uno puede morir frente a un televisor, en mitad de una llamada, esperando un ascensor. Puede morir, pongamos, haciendo un sofrito de ajo y cebolla en la cocina. Pero no hay constancia de nadie que haya muerto mirando Las Meninas de Velázquez, ni desangrado ante la sonrisa de la Gioconda, ni desplomado bajo Los girasoles de Van Gogh. En los museos hay salas dedicadas al martirio, a la guerra, al sacrificio, al ahorcamiento, a la crucifixión, a los cadáveres gloriosos... Sin embargo, el visitante sale siempre ileso y hasta planchado. El museo es una zona neutral, un territorio sin bajas.