Aquel satélite que un adolescente fabricó en su dormitorio hace ya siete años, ha dado la vuelta al mundo, literalmente. “Era un demostrador, un repetidor de información a modo de prueba capaz de enviar un paquete de información de 32 bytes, como un SMS. Tenía forma de cubo y pesaba menos de 250 gramos. Gracias a una recolecta de dinero conseguimos 30.000 euros y lo lanzamos al espacio. La gente pagaba cinco euros por poner su nombre en el satélite”, explica Julián Fernández (23), estudiante de Ingeniería en Tecnologías de la Comunicación en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Siempre quiso ser astronauta y viajar al espacio, un lugar por el que, a día de hoy, sigue sintiendo una fascinación especial: “Me di cuenta de que no era factible, que debía quedarse en un sueño de niños. Sin embargo, aprendí que había otra forma de utilizarlo para hacer el bien en la tierra. Mediante la tecnología espacial se pueden ofrecer todo tipo de servicios en la Tierra”. Gaditano de nacimiento, creó FOSSA Systems con 17 años, una empresa aeroespacial seleccionada entre 3.600 candidaturas por el programa DIANA, acelerador de Innovación en Defensa de la OTAN, para unir las mejores soluciones con los retos en conflictos armados.