Un teatro que cabe en una mesa

En una mesa pueden caber un bosque entero, un río de seda, una montaña y una historia dispuesta a desplegarse ante unos ojos muy atentos. El teatrillo de mesa es, precisamente, eso: un teatro de pequeño formato en el que los cuentos se cuentan casi al oído, con objetos y una escenografía a la altura de los niños. No busca el impacto ni el artificio, sino la cercanía, la observación y la sorpresa. Jéssica Martín lo sabe bien. Artista, narradora y cantante, crea estos delicados universos y los habita con la voz, las manos y la música. Además, canta en Mel i Sucre, un proyecto musical y educativo nacido en 2010 que nutre a los más pequeños de valores para entender mejor el mundo, con letras que apuntan al cuidado y el amor por la naturaleza, el respeto y la valoración de la diferencia como algo rico y positivo, aspectos que potencian las obras que amenizan sus teatrillos de mesa.Cada teatrillo es fruto de una colaboración con Bibi, de Atelier Bibiana García. Mientras ella crea los animales, personajes y frutas de lana cardada o fieltro, Jéssica construye los paisajes con telas como sedas o gasas de algodón para representar ríos, hierba o montañas, y con materiales naturales –troncos, piedras, ramitas o cortezas– que se transforman en cuevas, casas, puentes, vallas o escaleras. También incorpora diferentes elementos para crear desniveles, ambientes y texturas, entendiendo la escenografía como un espacio vivo que acompaña el relato. A todo ello se suma un bosque de madera e ilustraciones creado por Nívola Uyá para El cor del bosc –segundo disco de Mel i Sucre–, que amplía el imaginario visual de sus propuestas.Confiesa Jéssica que lo que la atrajo del teatrillo de mesa fue su capacidad para conjugar sus grandes pasiones: «la infancia, la música y los cuentos». Esta técnica, explica, es «un tipo de teatro de pequeño formato, con una estética artesanal, ideal para narrar cuentos de manera visual», donde los movimientos se acompañan a menudo de canciones o rimas, «creando una atmósfera de asombro, cercanía y calidez». La reducida escala en la que son concebidos los personajes «crea escenografías a la altura de los pequeños, montando bellos escenarios que pueden admirar en detalle por la poca distancia a la que se encuentran». Esta es una de las partes que más le entusiasma, porque le facilita la conexión con los niños. A ello se suma su atracción por los materiales cálidos y sencillos, principalmente naturales, que forman parte indudable del encanto de estos teatrillos.Otro aspecto que Jéssica pone en valor del teatrillo es «la mágica calma que casi hipnotiza» y mantiene al joven público literalmente enganchado a la historia, los personajes y la escenografía. Confiesa que para los pequeños, asistir a uno de estos espectáculos «fomenta la imaginación, mejora la concentración, la creación de imágenes mentales y la escucha activa y paciente». No es extraño que defina el teatrillo de mesa como una disciplina híbrida, «donde la parte artesanal es fundamental», pero no menos que sus connotaciones teatrales, que la inscriben dentro de «las artes escénicas».