Lo que comenzó como una afición cocinando recetas novedosas para familiares y amigos, se ha convertido en un proyecto de vida. Carmen Cainzos ha creado su propia marca de conservas artesanales, Ay! Carmen, gracias al impulso del centro de transformación agroalimentaria A Fusquenlla, ubicado en Moeche. Allí, donde realizó su primer curso, cultiva sus propias verduras y hortalizas en Pantín y elabora sus productos, que ya vende en ferias, tiendas y restaurantes. La llegada de Carmen Cainzos a Moeche fue con una idea inicial de autoconsumo. Según explica, ya hacía conservas en casa para su círculo cercano, pero buscaba mejorar la seguridad alimentaria y por ello se formó para poder utilizar las instalaciones. Fue una vez dentro cuando decidió dar el salto. “Se me abrió un mundo completamente nuevo”, afirma Cainzos, quien a pesar de tener ya pasión por la cocina, encontró en el centro un nuevo horizonte: “El hecho de poder aprender, tener interacción con otras personas que tenían las mismas inquietudes y conocer otros proyectos, pues me abrió un mundo nuevo y a raíz de eso fue cuando me animé”. Para poder usar las instalaciones del centro de transformación es obligatorio realizar una formación específica, más allá del curso de manipulador de alimentos. Cainzos subraya la importancia de este paso, ya que el centro cuenta con una maquinaria profesional que “requiere un conocimiento previo”. Además, destaca la necesidad de adquirir conocimientos sobre seguridad alimentaria, especialmente para personas que, como ella, provienen de mundos ajenos al de las conservas. Ahora, la propia Carmen Cainzos imparte formación práctica a los nuevos usuarios. En sus clases enseña desde cómo comportarse en un obrador profesional hasta el manejo de la maquinaria. “No nos encontramos en un espacio igual al de casa, tenemos que desprendernos de esos conocimientos que traemos adquiridos. Al llegar aquí, tenemos que resetear y aprender a trabajar de otra forma”, explica. Uno de los aspectos en los que más incide es la limpieza, que considera “fundamental” para garantizar que las instalaciones queden en perfectas condiciones para el siguiente usuario. A pesar de que afronta el proyecto en solitario, Cainzos encuentra en Fusquenlla una comunidad que mitiga esa soledad. Para ella, uno de los mayores beneficios es el acceso a un obrador profesional, una inversión que sería “inviable” para un pequeño proyecto que parte de cero, y que es posible gracias al apoyo del ayuntamiento y a los fondos públicos. Cainzos se muestra optimista sobre el futuro de este tipo de iniciativas en el rural gallego. Anima a quien tenga un proyecto similar a que “busque centros, que se forme, que se informe y que le ponga entusiasmo, porque yo creo que hay mucho futuro aquí”. En su visión, el porvenir del rural no puede depender solo del turismo o los servicios, sino que debe apostar por la producción primaria y la elaboración de productos para “darle un valor añadido” a materias primas de excelente calidad. A sus 55 años, el balance de su emprendimiento es “muy positivo, enriquecedor e ilusionante”. Reconoce que el trabajo es duro, pero asegura que compensa con los logros diarios. Cainzos también percibe una mayor concienciación por los productos de cercanía y de kilómetro 0, y por ello vende sus conservas en tiendas que comparten esa filosofía de apoyar el producto local y de calidad.