El Foro Económico Mundial de 2026 cerró sus puertas en Davos-Klosters dejando tras de sí un eco de incertidumbre que resuena con más fuerza que las promesas tecnológicas de años anteriores. Bajo el lema "Un espíritu de diálogo", la cumbre se convirtió en un espejo incómodo de un orden global fragmentado, donde la inteligencia artificial (IA) ha pasado de ser una curiosidad de laboratorio a convertirse en el centro de una batalla geopolítica y económica sin precedentes. Lo que se vivió en las montañas suizas no fue un encuentro de consensos cómodos, sino una radiografía precisa de un momento histórico donde la tecnología avanza a una velocidad que los sistemas políticos y educativos simplemente no pueden alcanzar. Ya no hablamos de hype o de promesas a futuro; hablamos de una ejecución forzosa que está redefiniendo quién está en la mesa y quién, en palabras de los observadores más agudos del foro, está en el menú.