Guerra perdida

Almorcé el martes en el restaurante La Greppia con el periodista y activista cultural Tomeu Martí. Cerca había una mesa ocupada por varias señoras mayores. De pronto, una de ellas alzó la voz para que todo el restaurante supiera que «el mallorquín no es catalán aunque venga de allí mismo porque tiene su propia identidad y los catalanes son otra cosa». Ahí arrancó un monólogo molesto por el decibelio subido. Qué pena, pensé, malgastar tanta energía y atrevimiento, podría invertir su fogosidad en algo más práctico. Sin ir más lejos, en el aeropuerto de Palma.