He oído decir con harta frecuencia que casi todos nuestros problemas como especie derivan de nuestra gran afición, si no es una pasión, por las soluciones simples, sencillitas y fáciles. Parece que las preferimos incluso cuando nos consta que no solucionarán nada, por haberlas ensayado muchas veces con penosos resultados. Aun así, las soluciones simples tienen un atractivo irresistible, y no sólo en los problemas de la realidad, sino también en las ficciones, las matemáticas y hasta en la filosofía, que tras exponer esos problemas en su idioma enrevesado (la obtusa sintaxis de los filósofos), luego intenta resolverlos con simplezas según el principio de la Navaja de Ockham.