Aulas a 11 grados en Madrid y goteras en Andalucía: la educación pública que quieren Ayuso y Moreno Bonilla

Once grados dentro de un aula en Madrid. Niños y niñas con abrigo, bufanda y manos entumecidas intentando concentrarse mientras la calefacción apenas funciona. En Sevilla, cubos repartidos por el suelo porque cuando llueve cae más agua dentro de clase que en la calle. No es una exageración ni una imagen simbólica. Es la realidad reciente de la educación pública en comunidades gobernadas por Isabel Díaz Ayuso y Juanma Moreno Bonilla. Aulas con frío glacial o con goteras. Calderas de los años 60 que apenas aguantan. Techos que filtran agua. Ratios elevadas. Falta de especialistas. Esta no es una anécdota aislada, sino la consecuencia de un modelo político muy concreto. Un modelo que reduce el esfuerzo inversor en la red pública mientras fortalece la concertada. Y cuyos efectos se sienten, literalmente, en la piel del alumnado. Madrid, una de las regiones más ricas de España, destina a educación un porcentaje de su PIB que está entre los más bajos del país, en torno al 2,4%, claramente por debajo de la media estatal. El gasto por alumno también se sitúa por debajo del promedio nacional. No es un problema de falta de recursos globales. Es una cuestión de prioridades. Mientras tanto, una parte muy significativa del presupuesto educativo madrileño se destina a la enseñanza concertada. La apuesta por la llamada "libertad de elección" se traduce en expansión de plazas privadas financiadas con dinero público. El resultado es que la red pública envejece, se deteriora y pierde peso relativo. Las imágenes conocidas este invierno son difíciles de justificar en 2026. Según denuncias recogidas por medios y sindicatos, en algunos centros públicos madrileños se han registrado temperaturas de 11 grados en las aulas. Calderas obsoletas, limitaciones en el gasto de gasóleo y sistemas de aislamiento deficientes obligan a soportar condiciones impropias de un país desarrollado. Algunos equipos directivos se ven obligados a racionar la calefacción para que el presupuesto alcance hasta final de curso. Se apaga a media mañana. Se improvisan soluciones. El profesorado hace equilibrios. Y el alumnado aprende que estudiar con frío forma parte de la normalidad. En Andalucía, el deterioro adopta otra forma, pero el mensaje es el mismo. En municipios sevillanos como Gerena, El Castillo de las Guardas o Cazalla de la Sierra, familias y docentes han denunciado que cuando llueve, llueve dentro del aula. Filtraciones constantes, cubos en los pasillos, zonas clausuradas por riesgo. Las protestas no surgen por capricho. Surgen porque las obras prometidas no llegan o se eternizan. Porque la sensación de abandono se acumula curso tras curso. Porque la respuesta administrativa muchas veces consiste en trasladar la responsabilidad de una institución a otra mientras el agua sigue cayendo del techo. Andalucía tampoco alcanza la media estatal en inversión por alumno si se analiza el esfuerzo real necesario para compensar sus déficits históricos. Y, al mismo tiempo, es la comunidad que más ha incrementado en términos absolutos el gasto en educación concertada en los últimos años, con cientos de millones adicionales destinados a conciertos. De nuevo...