Las protestas del campo riojano han devuelto el foco a un sector esencial que vive entre la pérdida de rentabilidad y el orgullo de seguir alimentando a una tierra que no se rinde. Sus voces, desde Murillo hasta Villamediana, reclaman dignidad, equilibrio y futuro. Esta semana, 600 agricultores y ganaderos y una treintena de tractores han recorrido las calles de Logroño. No han conseguido que baje el gasóleo ni que cambien las leyes, pero sí algo igual de importante, que la sociedad mire al campo de frente. “Ahora nada es rentable”, dice Julián, agricultor de Murillo. “Hace 50 años todo salía: la viña, los espárragos, las hortalizas… Hoy no sacas dinero de nada”. Su voz resume la sensación de un sector que lleva años resistiendo entre costes crecientes y precios que no cubren ni el esfuerzo ni la inversión. La tractorada no ha traído soluciones inmediatas, pero ha reabierto el debate sobre lo esencial, qué valor damos a quienes producen nuestros alimentos. Berta, viticultora de menos de 50 años, lo dice con una mezcla de resignación y coraje: “Yo ya no espero nada”. Sin embargo, su testimonio y el de tantos otros han hecho que se vuelva a hablar del campo con nombre y rostro. En Villamediana, María llevó a su hijo al tractor en lugar del colegio. Una decisión simbólica, el relevo generacional empieza cuando los niños entienden lo que sus padres defienden. “Estamos hasta los mismísimos”, resumen muchos. Enrique, ganadero, lo explica con serenidad, “sin nosotros, España y La Rioja pierden pueblos, empleo y memoria”. La movilización ha mostrado cansancio y frustración, sí, pero también determinación y orgullo. Y ha recordado algo que las estadísticas confirman, el campo riojano sostiene 9.000 explotaciones y más de 10.000 empleos directos, generando el 6 % del PIB regional. La falta de rentabilidad sigue siendo el gran enemigo. Los costes se disparan, combustible, fertilizantes, maquinaria, mientras los precios de venta apenas suben. A esto se suman las barreras burocráticas de la Política Agrícola Común, los cuadernos verdes y la incertidumbre que generan los acuerdos comerciales. Por eso, las recientes decisiones del Parlamento Europeo suponen un pequeño alivio. Con 483 votos a favor, se han aprobado nuevas cláusulas de salvaguarda que endurecen el acuerdo UE–Mercosur. Estas medidas permiten intervenir si las importaciones de carne, pollo o azúcar crecen más del 5 % o si los precios europeos bajan más de un 5 %, protegiendo así al productor local. Ricardo, agricultor riojano, lo resume así, “no es la solución, pero al menos parece que nos escuchan”. En La Rioja, solo el 11 % de los agricultores tiene menos de 40 años. La media de edad ronda los 59. Un dato que habla del reto del relevo generacional, pero también de la necesidad de apoyar a quienes deciden quedarse. Laura, estudiante de Ingeniería Agrónoma en Azofra, representa esa nueva generación: “El futuro del campo pasa por formarse, innovar y creer en lo que haces”. Su visión conecta con la urgencia de modernizar el sector y hacerlo atractivo para los jóvenes. Porque, como recuerda Julián, “la tierra no solo da trabajo, da vida”. Más que protestas, una llamada de atención Las movilizaciones no son la solución definitiva, pero sí la chispa que puede encender debates y reformas. Han servido para recordar que gobernar de espaldas a la tierra es gobernar sin raíces, y que sin agricultores ni ganaderos, no hay país que valga. El campo riojano pide respeto, no compasión. Pide reglas justas, no discursos vacíos. Y sobre todo, pide que quienes deciden desde un despacho se manchen las botas y escuchen.