La reciente crecida del río Guadalquivir a su paso por Córdoba, tras días de lluvias persistentes, ha devuelto a la ciudad imágenes impactantes de pasarelas anegadas y riberas desbordadas. Sin embargo, no estamos ante un fenómeno inédito, sino ante un episodio más de un ciclo histórico que se repite desde hace siglos. El río, conocido en época romana como el Betis, ha respondido periódicamente con fuerza a los contrastes extremos entre sequías prolongadas y lluvias intensas. Así lo explica el profesor y escritor José Carlos Aranda, autor de estudios sobre la historia y las leyendas cordobesas, quien ha rastreado documentos que demuestran que estas crecidas forman parte de un patrón recurrente. Aranda cita investigaciones como la obra Historia crítica de las riadas de Sevilla, de Francisco Borja Palomo, que recoge inundaciones del Guadalquivir desde 1554. Entre ellas destacan las de 1648, 1684, 1695 y la de 1709, conocida como la gran riada, con un caudal estimado en 10.000 metros cúbicos por segundo a su paso por Sevilla. También se registraron episodios graves en 1796 y 1892. En Córdoba, uno de los testimonios más antiguos se remonta a 1480, bajo el episcopado de Fray Alonso de Burgos. La riada llegó tras tres años de sequía pertinaz, con el precio del pan disparado y procesiones organizadas para implorar lluvia. Según las crónicas, llovió sin tregua del 19 de diciembre al 27 de febrero. Las escenas descritas resultan estremecedoras: barcos navegando por la calle de la Feria, cadáveres flotando en arroyos urbanos y barrios enteros anegados. En medio del desastre, también surgieron relatos de valentía, como el de un hijo que salvó a su padre de morir ahogado, recogido por el prior Fray Francisco Delgado. Otra fecha clave es el 11 de diciembre de 1876. La documentación conservada describe con precisión la evolución de la crecida. A las seis de la mañana apenas quedaban visibles dos hiladas del murallón de defensa. A media tarde, el agua ya lo había superado y cubría los bancos del paseo de la Ribera. Antes de la medianoche, calles como Linares, Candelaria o Don Rodrigo estaban anegadas. Los arroyos de Rabanales y Pedroche sumaron su caudal al Guadalquivir, inutilizando terraplenes ferroviarios y provocando incluso un descarrilamiento en el puente de hierro. Pese a la magnitud del episodio, las víctimas mortales fueron cuatro en Córdoba. La ciudad de Sevilla tampoco quedó al margen: plazas céntricas y el barrio de Triana sufrieron inundaciones. Todo ello confirma que las riadas del Guadalquivir son un fenómeno estructural, no excepcional. Las grandes obras hidráulicas cambiaron parcialmente el impacto de estas crecidas. El murallón de Córdoba, cuya construcción se prolongó entre 1802 y 1912, dio origen a un dicho popular: “esto dura más que la obra del murallón”. Sin embargo, ni siquiera estas defensas evitaron inundaciones posteriores, como la de 1917, que afectó al barrio de la Fuensanta. En su santuario aún se conservan azulejos que marcan la altura alcanzada por el agua. En tiempos recientes, infraestructuras como la presa de Iznájar han contribuido a laminar avenidas y evitar daños mayores en municipios aguas abajo como Puente Genil. La regulación moderna reduce riesgos, pero no elimina la naturaleza cíclica del río. En época romana, cuando el río era el Betis, amplios tramos eran navegables, incluso en zonas que hoy parecen impracticables. ¿Cómo era posible? Según Aranda, los barcos tenían muy poco calado y el lecho estaba más limpio, gracias a labores constantes de extracción de sedimentos y mantenimiento. Todavía se conserva memoria de antiguos puertos fluviales como el de Peñaflor. Además, hasta hace décadas, era habitual extraer arena y canto rodado del río para la construcción tradicional cordobesa, lo que contribuía indirectamente a mantener la profundidad del cauce. El debate actual apunta a factores como la ocupación de zonas inundables, la erosión agrícola o la acumulación de sedimentos. Aunque la orografía de Sierra Morena apenas ha variado desde época romana, el crecimiento urbano sí ha incrementado la exposición al riesgo. Las riadas del Guadalquivir muestran así una doble lección: la fuerza del agua responde a ciclos históricos, pero el impacto depende de cómo se ordena el territorio. Córdoba, acostumbrada a mirar al río con mezcla de respeto y orgullo, vuelve a comprobar que su historia está escrita en niveles de agua. Porque cada crecida, más que una sorpresa, es un recordatorio: el Guadalquivir siempre vuelve.