La furia cíclica del Guadalquivir: las históricas y olvidadas inundaciones de Córdoba que empequeñecen a la actual

La reciente crecida del río Guadalquivir a su paso por Córdoba ha traído a la memoria colectiva la vulnerabilidad de la ciudad ante la fuerza del agua. Sin embargo, este fenómeno no es nuevo. El profesor y escritor José Carlos Aranda, autor de 'Las leyendas de Córdoba', ha investigado las crónicas del pasado para revelar que las riadas actuales son solo un eco de eventos mucho más catastróficos que se repiten de forma cíclica. Según Aranda, la alternancia entre sequías extremas y lluvias persistentes es un patrón histórico. Su investigación, apoyada en obras como 'Historia Crítica de las Rías de Sevilla' de Francisco Borja Paloma, documenta inundaciones desde 1554, destacando la conocida como la 'Gran Riada', que alcanzó los 10.000 metros cúbicos por segundo a su paso por Sevilla. "Es una cuestión cíclica", afirma el experto, subrayando que la historia del río, llamado Betis en la antigüedad, está marcada por estos episodios de furia. Uno de los hallazgos más sorprendentes de Aranda proviene de un libro poco conocido, 'Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba', que narra la primera riada documentada en la ciudad en 1480. Este evento, ocurrido durante el obispado de Fray Alonso de Burgos, fue precedido por "una sequía pertinaz de tres años", tras la cual se desataron lluvias incesantes. La crónica es estremecedora al describir las consecuencias. El relato detalla que estuvo lloviendo desde el 19 de diciembre al 27 de febrero, un periodo que sumergió la ciudad hasta extremos hoy inimaginables. La situación fue tan brutal que, según los escritos, "los barcos navegaban por la calle de la Feria y había cadáveres flotando en el arroyo de San Lorenzo". En medio de la tragedia, también surgieron actos heroicos, como el de un hijo que salvó a su padre de morir ahogado, un supuesto milagro narrado por el prior del convento de los Mártires. Otro episodio devastador tuvo lugar el 11 de diciembre de 1876. Una crónica de la época describe cómo los arroyos de Rabanales, Pedroches y Las Piedras se desbordaron, cubriendo los terraplenes del ferrocarril y provocando un descarrilamiento en el puente de hierro. Milagrosamente, y a pesar de la magnitud del desastre, solo se registró una víctima mortal, un niño. El nivel del agua en 1876 subió de forma implacable. La cronología de la subida detalla que a las seis de la mañana ya quedaban expuestas solo dos hiladas del murallón. A las cinco de la tarde, el agua lo sobrepasaba y cubría los bancos de la Ribera. A medianoche, calles como Leinares, Candelaria y Baños estaban anegadas, y en San Lorenzo el agua alcanzó un metro de altura, cegando casi todos los ojos del Puente Romano y anegando por completo el Campo de la Verdad y la Huerta de la Fuente Santa. La principal obra de defensa de la ciudad, el Murallón de la Ribera, fue una empresa titánica que dio lugar a un dicho popular entre los cordobeses: "Esto dura más que la obra del Murallón". No es para menos, ya que su construcción comenzó en 1802 y no finalizó hasta 1912, más de un siglo después. A pesar de su existencia, no siempre fue suficiente para contener la fuerza del río. Prueba de ello fue la riada de 1917, posterior a la finalización del murallón, que igualmente inundó el barrio de la Fuente Santa. De hecho, en el santuario de este barrio todavía existen azulejos que marcan el extraordinario nivel que alcanzó el agua en aquella ocasión, un testimonio mudo de que ni siquiera las mayores obras de ingeniería podían domar por completo al Guadalquivir. En la antigüedad, la relación de Córdoba con su río era muy diferente. José Carlos Aranda explica que el Guadalquivir era navegable en tramos ahora impracticables gracias a dos factores clave: los barcos, tipo paniches, tenían un calado muy bajo y, fundamentalmente, el lecho del río "estaba muchísimo más limpio". La construcción del Puente Romano marcó el límite de la navegación aguas arriba. El mantenimiento del calado se debía, en gran medida, a una actividad ahora perdida. "El tener el río y la base del río como cantera para extraer arena y canto rodado, yo creo que era una de las claves para mantener la profundidad necesaria", señala Aranda. La extracción de canto rodado para los suelos de los patios era un trabajo artesanal que, indirectamente, ayudaba a dragar el lecho fluvial. Hoy en día, el debate se centra en factores como la deforestación, la erosión agrícola y la ocupación de zonas inundables. Aunque Aranda reconoce que "edificar en sitios inundables" en las grandes ciudades como Córdoba conlleva una "problemática" evidente, considera que la orografía de las sierras y los afluentes principales que aportan un enorme caudal no ha sufrido una manipulación tan drástica, conservando una fisonomía muy similar a la de la época romana.