A 5000 metros de profundidad, la oscuridad es absoluta. La temperatura del agua oscila entre los 0 y los —4 grados centígrados, una frontera donde la vida apenas resiste. Allí habitan criaturas extremas y extrañas —arañas marinas gigantes, el calamar vampiro, el tiburón anguila o el pez víbora— adaptadas a un mundo sin luz y bajo una presión aplastante. Es un mundo que durante décadas ha permanecido prácticamente fuera del alcance humano, más cercano a la ciencia ficción que a la exploración sistemática. Desde hace unos meses, ese ecosistema tiene un nuevo habitante. No es orgánico, no respira y no caza. Es una máquina. Se mueve por las gélidas aguas del Ártico, puede descender hasta los 7000 metros y ya ha alcanzado los 5041. Su nombre es Jiaolong. Su aparición ha encendido las alarmas en Washington. No por la profundidad que alcanza —un récord tecnológico—, sino por lo que representa. Jiaolong no es un animal desconocido, sino un sumergible tripulado de última generación desarrollado por China, capaz de operar bajo el hielo polar, una de las fronteras más complejas y menos cartografiadas del planeta. No es un arma, pero tampoco es inocente. Este verano, Pekín lo utilizó para adentrarse por primera vez en las profundidades del Ártico, completando más de diez inmersiones. Antes ya había explorado fondos del Pacífico, el Índico y el Atlántico, acumulando experiencia en algunos de los entornos submarinos más extremos, tanto desde el punto de vista técnico como operativo. La incursión no fue aislada. Jiaolong formó parte de una expedición de gran envergadura: 98 días de misión, 56 de ellos dedicados a operaciones efectivas en el océano Ártico y a la navegación entre hielo compacto. La operación estuvo coordinada con varios buques polares; entre ellos, el rompehielos Xuelong 2 y el buque nodriza Shenhai-1. Fue la mayor misión de investigación ártica realizada hasta ahora por China y una demostración de su creciente capacidad logística en regiones polares. Sumergirse en el Ártico y volver a salir con un vehículo tripulado no consiste simplemente en bajar y subir. Una vez bajo el agua, no es posible emerger donde se quiera: es necesario encontrar una zona de agua abierta o un hielo lo bastante fino. Bajo el hielo no hay señal GPS. La navegación depende de sistemas inerciales y acústicos, y las comunicaciones son vulnerables a interferencias. A estas dificultades técnicas se suman las condiciones extremas del entorno.China sostiene que estas misiones tienen un objetivo exclusivamente científico: estudiar el cambio climático y cartografiar el fondo marino polar. Sin embargo, la OTAN lleva tiempo advirtiendo de que este tipo de expediciones pueden encubrir finalidades militares. Conocer la topografía submarina o coordinar expediciones en condiciones extremas son capacidades con un evidente valor estratégico en un Ártico cada vez más disputado.