Tres días después de que un comunicado oficial de una sola frase desatara la mayor crisis de liderazgo en China en años, una mujer nos cita en un callejón de Pekín. Lleva vaqueros y jersey de cuello alto. Antes de decir nada, establece las condiciones para la conversación: sin nombre, sin foto. Al fin y al cabo va a hablar de un miembro del Ejército y de un sistema en el que no se tolera la libertad de expresión. No pronuncia su nombre. Solo lo llama: el general. El hombre al que se refiere es Zhang Youxia. Tiene 75 años y es vicepresidente de la Comisión Militar Central, el máximo órgano de las fuerzas armadas chinas. Por encima de él solo está Xi Jinping, el presidente del país. Zhang es el soldado con mayor rango de China, o al menos lo era hasta hace unos días. Ahora se lo investiga por sospechas de cometer «graves infracciones disciplinarias y legales», según comunicó el Ministerio de Defensa el pasado 24 de enero. Ningún delito concreto, ningún contexto; el mismo protocolo que ha acompañado la defenestración de decenas de altos mandos militares en los últimos años. Desde que se publicó ese comunicado, la incertidumbre arrecia en China. El general Zhang pertenece también al Politburó, donde están los 24 hombres más poderosos del país. Una exclusión de este órgano es más que una medida disciplinaria. Es un veredicto político, una señal de que nadie es intocable. Hacía medio siglo que no caía un militar de rango tan alto: la purga de Zhang representa la mayor limpieza en las fuerzas armadas chinas desde la Revolución Cultural. Xi Pinping, desde 2012, ha destituido a cientos de miles de cuadros en su campaña anticorrupción, y solo desde 2023 ha purgado a 20 generales. Pero ¿por qué a Zhang, su confidente? ¿Por qué a él, vinculado a Xi desde la infancia? ¿Por qué a un héroe de guerra del partido con décadas de lealtad probada? A los espectadores del telediario chino todo debió de parecerles normal el pasado 22 de diciembre. Como siempre a las 19 horas –los siete días de la semana–, la televisión estatal emite lo que el partido quiere que el pueblo vea. Aquel día, Xi apareció vestido con uniforme verde oliva; sobre él una pancarta roja: «Ceremonia de ascenso. Comisión Militar Central». Junto con él: Zhang Youxia. Cuando sonó el himno nacional, ambos lo entonaron con los ojos fijos al frente. Luego, Xi procedió a ascender de forma solemne a dos oficiales al rango de general. La imagen mostraba una cadena de mando intacta, que en realidad estaba resquebrajándose. Fue la última aparición pública de Zhang. De los seis soldados que Xi nombró en 2022 para formar la poderosa Comisión Militar Central, cinco ya han sido suspendidos, destituidos o están bajo investigación. El mismo fin de semana que Zhang Youxia fue puesto bajo investigación, Liu Zhenli, otro miembro de la Comisión, corrió la misma suerte. Ambos habrían «pisoteado» la confianza de Xi, escriben los periódicos del partido. El único superviviente es Zhang Shengmin, el jefe anticorrupción que ha orquestado las purgas de la mano de Xi Jinping. Durante meses, la mujer del jersey de cuello alto también había oído rumores. Amigos le enviaban mensajes: Zhang Youxia está bajo la lupa. Ella no le dio importancia. Zhang era demasiado poderoso y cercano a Xi. Que fuera uno más en la larga lista de 'purgas' no lo veía posible. «Estoy conmocionada –dice–, todos lo estamos». Nuestra mujer procede de una familia en la que el Ejército no es una profesión, sino una impronta. Pertenece a la nobleza roja, como dicen en China, una élite cuyos antepasados lucharon codo con codo con el fundador del Estado, Mao Zedong. Su abuelo y su abuela se conocieron en la guerra civil china: él en el frente, ella como enfermera militar. Un tío abuelo suyo se convirtió más tarde en general. De niña, cuenta, visitaba a su tío abuelo en el cuartel. Allí aprendió que en el Ejército rigen otras reglas. En China, el Ejército es un Estado dentro del Estado, con jerarquías y lealtades propias, a menudo aún más difíciles de descifrar que las del propio Partido Comunista, al que el Ejército está oficialmente subordinado. La caída de Zhang ha traído inquietud a unas fuerzas armadas que se rearman para anexionarse la república insular de Taiwán, en cuanto reciban la orden. Con su defenestración, Xi debe reordenar la cúpula militar. Para los oficiales, eso significa: esperar, sopesar, callar. A esta incertidumbre hay que añadir una información explosiva que recientemente publicaba The Wall Street Journal : a Zhang se lo acusa de filtrar a Estados Unidos «información técnica» sobre el arsenal nuclear chino. Según dice el periódico, esta es la versión que circula dentro del Ejército. Sin embargo, Dennis Wilder, exanalista de la CIA especializado en China, considera esta afirmación absurda. «¿Cree usted de verdad que el servicio secreto americano se acercaría a alguien como Zhang, el jefe del Ejército chino?». Para este experto, la acusación es la excusa para desacreditar por completo al adversario. «Es un método de actuación típico. Se arroja todo el barro posible», dice. Un protocolo que este analista llama «ascenso y exclusión», y que tiene documentado desde hace décadas. Wilder se fijó en la figura de Zhang Youxia por primera vez en 1985, después de haber leído sobre él en la propaganda militar china. Por entonces, Zhang tenía 34 años y carecía de rango. No porque fuera una figura insignificante, sino porque el Ejército Popular no contaba con una jerarquía formal. Mao la había abolido. Zhang había destacado en la guerra contra Vietnam; especialmente en la batalla de Laoshan en 1984. Por entonces, la dirección china rotaba divisiones en el frente –un eufemismo que Deng Xiaoping llamaba «tocar el trasero del tigre»– para identificar a los oficiales con valor excepcional. Zhang destacó y fue ascendido a comandante adjunto de la 40.ª División. Esa experiencia de combate real lo convirtió en uno de los pocos generales chinos con credenciales de guerra, lo que le otorgó enorme prestigio dentro del Ejército. Para Wilder, eso explica su posición incuestionable. Pero con los años el prestigio se convirtió en poder. En el 2022, tras el vigésimo Congreso del Partido, el presidente Xi Jinping consiguió un tercer mandato histórico, rompiendo con décadas de normas sobre límites de poder. Colocó a leales suyos en todos los puestos claves y ascendió a un grupo de generales jóvenes y agresivos «que entraron en conflicto con Zhang Youxia». Resultado: Zhang los hizo destituir. No fue Xi quien los eliminó, dice Wilder. Fue Zhang. Eso desató una lucha de poder en una institución que tradicionalmente regula sus conflictos en la sombra: comisiones disciplinarias propias, reglas propias, opacidad total. Wilder cree que Zhang se extralimitó: eliminó a demasiados leales al presidente. «Subestimó lo paranoico que es Xi». Ahora comienza para Zhang el procedimiento estándar de la era Xi. Pronostica que Zhang será aislado, probablemente en una habitación de hotel. Lo obligarán a confesar, a decir nombres, a revelar redes. Después revisarán todo su entorno: familia, amigos, antiguos colegas. Si coopera, terminará en prisión. De lo contrario, le espera algo peor, sentencia Wilder. Sin embargo, esta caída no se explica solo con hechos coyunturales. Para entenderla, hay que indagar la biografía de los protagonistas. El politólogo Joseph Torigian, que enseña en la American University de Washington, publicó el año pasado un libro sobre el padre de Xi Jinping. Es de los pocos investigadores occidentales que conocen el árbol genealógico del poder chino: la nobleza roja. Tanto Zhang como el propio Xi Jinping proceden de ese círculo. Los dos nacieron en el seno de familias que lucharon por el Estado. Sus padres pertenecieron a aquella generación de revolucionarios que llevaron a Mao a la cúspide y después se encontraron en el círculo más interno del partido. A principios de los años cincuenta, ambas familias «se mudaron casi simultáneamente a Pekín», explica Torigian. Zhang Youxia nació en 1950, Xi Jinping en 1953. Los dos crecieron en los complejos residenciales del partido, asistieron a las mismas escuelas de élite. Para Torigian, ese mundo elitista forja carácter: crea autoconfianza, genera redes de lealtad que duran décadas. Incluso en un sistema completamente orientado al líder Xi, esa nobleza roja conserva cierta autonomía residual, siempre que no sea demasiado visible. La mujer con la que hablamos en Pekín conoce esas atalayas, aunque desde un piso inferior. «Cuando uno crece en ese ambiente, pronto aprende cuándo puede hablar y cuándo no». Todos saben que la caída puede ser rápida. Hay precedentes. A finales de 2011, la esposa de Bo Xilai, entonces secretario del Partido Comunista en la provincia de Chongqing, mató al empresario británico Neil Heywood: le vertió cianuro en la boca cuando estaba ebrio después de beber con él en una habitación de hotel. Al salir el caso a la luz en 2012, Bo fue arrestado y condenado a cadena perpetua. Bo no solo era considerado el mayor rival político de Xi, entonces una figura en ascenso, sino que también era miembro del Politburó y de la nobleza roja. Era un príncipe del partido, como Xi y Zhang. Su caída marcó un punto de inflexión: por primera vez se fulminaba a un miembro del Politburó que unía poder político y linaje revolucionario. Y no fue el único en precipitarse. El principal aliado de Bo era Zhou Yongkang, miembro del Comité Permanente del Politburó, el círculo de nueve hombres que gobernaban el país. Eso no impidió que en diciembre de 2014 fuera arrestado y expulsado del partido, convirtiéndose en el primer miembro del Comité en ser procesado desde la fundación de la República Popular en 1949. Su caída rompió una regla no escrita desde la era de Deng Xiaoping: los miembros del Comité Permanente son intocables. En 2015 fue condenado a cadena perpetua por soborno, abuso de poder y revelación de secretos. Aquello definía la era de Xi: nadie está a salvo. A 1700 kilómetros de Pekín, en Taipéi, la capital de Taiwán, Tristan Tang está sentado en un café. Tang es analista especializado en el Ejército chino y su política exterior. Reconoce que el hecho de que Xi derroque a su más alto general cambia el escenario. La cadena de mando de China se tambalea. Pero ¿eso es tranquilizador para Taiwán? «No –dice Tang–. El riesgo aumenta». Zhang Youxia era un militar profesional y racional. Uno de los pocos cuya posición le permitía contradecir a Xi. Xi ha dispuesto que el Ejército Popular de Liberación debe estar modernizado para 2027, coincidiendo con el centenario de su fundación. Para entonces, las tropas deben estar en condiciones de atacar Taiwán, según la evaluación de los servicios secretos americanos. El general Zhang habría pospuesto este objetivo de reforma hacia 2035, explica Tang. «Zhang era alguien que tenía el valor de decir: camarada presidente, esa no es una idea tan buena». Los futuros comandantes querrán, en cambio, cumplir las directrices de Xi a cualquier precio. Su propia supervivencia se volverá más importante que la evaluación militar racional. Zhang puede no haber sido un «sí-señor». Pero quizá haya sido el último «pero-señor».