Los millennial se quitan los tatuajes: pero nunca se borran del todo...

No te están pintando. Te están inyectando tinta en el cuerpo». La advertencia es de Santiago F. González, inmunólogo gallego e investigador en Suiza, y desafía todo lo que creíamos saber sobre los tatuajes. Según sus estudios, en apenas diez minutos tras tatuarte, parte del pigmento ya circula por el sistema linfático y se acumula en los ganglios, donde puede quedar atrapado durante años. Si la carga es alta, incluso puede llegar al torrente sanguíneo. «Hay médicos que han visto pacientes orinar tinta tras tatuajes grandes. Eso implica que la tinta está ya en todo el cuerpo». Durante mucho tiempo se creyó que esos pigmentos permanecían quietos, anclados para siempre en el lugar donde fueron depositados. Pero investigaciones recientes están demostrado que la tinta no es estática. Se mueve, migra por el cuerpo a través del sistema linfático, se acumula en los ganglios y, en algunos casos –sobre todo cuando el tatuaje es grande o se sitúa en zonas muy irrigadas–, puede llegar a órganos como el hígado o el bazo. En un estudio publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo –PNAS, Proceedings of the National Academy of Sciences , editada por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos–, González y su equipo demostraron que ciertos pigmentos inducen una inflamación crónica, especialmente si los macrófagos –células inmunitarias encargadas de eliminar sustancias extrañas– no pueden degradarlos. «Al morir liberan de nuevo la tinta y otras células repiten el intento. Así se crea un bucle inflamatorio que puede durar años», explica. Esa inflamación constante, según González, no es en sí misma negativa –«es el mecanismo con el que tu cuerpo se defiende de una infección o de una célula tumoral»–, pero cuando se mantiene de forma sostenida puede agotar el sistema inmunitario. Además, el pigmento atrapado en los ganglios linfáticos puede dificultar la lectura de algunas pruebas de imagen. En 2020, un estudio advirtió que esa acumulación puede imitar visualmente la metástasis de un melanoma, dando lugar a diagnósticos erróneos e incluso a cirugías innecesarias. Pero no siempre son falsas alarmas. En los últimos años han surgido estudios que sugieren posibles riesgos a largo plazo. En 2024, una investigación en Suecia con más de 11.000 personas detectó un mayor riesgo de linfoma maligno en individuos tatuados, especialmente en subtipos como el linfoma difuso de células B grandes y el folicular. Un estudio danés posterior, centrado en gemelos, halló que los tatuajes de gran tamaño (mayores que la palma de la mano) se asociaban a un riesgo 2,7 veces mayor de desarrollar linfoma. También se han documentado reacciones alérgicas persistentes, sobre todo vinculadas a pigmentos rojos. Un estudio europeo concluyó que el 97 por ciento de esas reacciones estaban relacionadas con ese color. Aun así, la mayoría de estas investigaciones son observacionales: establecen correlaciones, pero no prueban causalidad. «No se trata de alarmar a la gente –aclara González–. Como científico, no me corresponde decirle a nadie si debe o no tatuarse. Pero yo recomendaría limitar el tamaño. Cuanto más grande es el tatuaje, más tinta estás introduciendo». Ahora bien, la ciencia no ha cerrado aún este debate. De hecho, otros investigadores han apuntado en dirección opuesta. Algunos estudios han explorado beneficios inmunológicos asociados a los tatuajes, como una mejora en la respuesta del cuerpo ante el estrés físico. Científicos de la Universidad de Alabama, por ejemplo, observaron que las personas con varios tatuajes mostraban menos inmunosupresión tras sesiones de tatuado, como si el organismo se fuera 'entrenando'. También hay quien ha detectado una posible protección parcial frente a los rayos UV en zonas tatuadas con pigmento negro. Desde el plano psicológico, muchos usuarios describen efectos positivos: mayor autoestima, sensación de control, resiliencia emocional. Cada frasco de tinta puede contener hasta cien sustancias químicas diferentes. Muchos de estos pigmentos contienen metales pesados (arsénico, plomo, cadmio) y nanopartículas que pueden superar las barreras biológicas y acumularse en órganos vitales. Y no todos son iguales: el rojo es el color más tóxico, responsable del 97 por ciento de las reacciones alérgicas crónicas. Pero el azul y el verde suelen contener metales como cobre o níquel; y el negro contiene a menudo hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) cancerígenos. Por eso, cuesta creer que, hasta 2022, las tintas utilizadas para tatuajes en Europa no contasen con una regulación específica. Incluían pigmentos industriales diseñados para pintura automotriz o impresoras, no para ser inyectados en la piel humana. Todo eso cambió con la entrada en vigor de la normativa REACH de la Unión Europea, que restringe más de 4000 sustancias químicas consideradas peligrosas para la salud. Por primera vez, se impusieron límites concretos a compuestos como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), los metales pesados o los pigmentos azoicos, algunos vinculados a reacciones alérgicas graves o potencialmente cancerígenos. La norma obliga, además, a etiquetar claramente los ingredientes y a garantizar la trazabilidad de lo que se introduce bajo la piel. Un consejo extendido hoy entre dermatólogos es: si te tatúas, haz una foto del bote de tinta donde se vean bien sus ingredientes. Por lo que pueda pasar... A pesar de todas las incógnitas médicas que aún rodean al tatuaje, la sociedad se ha lanzado a tatuarse en masa. En España, el 42 por ciento de la población ya lleva al menos un tatuaje, lo que sitúa al país entre los seis más tatuados del mundo, concluye un estudio internacional de Dalia Research. Según la Unión Nacional de Tatuadores y Anilladores Profesionales, hay entre 3500 y 4500 estudios en España. Algo que representaba a la marginalidad ha pasado a convertirse, de la mano de futbolistas y otras celebridades, en un producto mainstream. El sociólogo Joan Tahull sitúa esta fiebre tatuadora en el marco de la modernidad líquida, esa época marcada por la fragilidad de los vínculos, la incertidumbre y la pérdida de referentes estables. «El tatuaje se convierte en una forma de dotar de estabilidad a una identidad que está constantemente expuesta a los vaivenes del mundo», afirma. Para él, el tatuaje cumple la función de «calmante existencial» o incluso de «grito simbólico de auxilio» ante el vacío social. Actúa como una decisión permanente en un tiempo donde todo es transitorio. Muchos jóvenes, cuenta Tahull, lo viven como un gesto de autonomía: «¡Ya soy mayor de edad y en mi cuerpo mando yo!». Otros lo utilizan para anclar momentos vitales traumáticos o marcarlos como hitos de transición. Y, desde la antropología biológica, Christopher Lynn propone la hipótesis de la 'señal costosa': tatuarse no solo comunica identidad, también resiliencia. Soportar el dolor implica una fortaleza física que puede ser percibida como una ventaja evolutiva. «Yo tenía muchos. Me los hice entre los 17 y los 20. Por rabia, por moda, por rebeldía. Pero ya no soy esa persona». Así empieza Melisa a contar su historia. Tiene 29 años, es peruana y lleva meses acudiendo a sesiones para eliminar los tatuajes que marcaron su adolescencia. «En ese momento quería mostrar que era fuerte, independiente…, pero, al final, los tatuajes empezaron a hablar por mí más de lo que yo quería. Ya no me representan». Para Melisa, como para muchos otros jóvenes, el tatuaje fue un acto de afirmación personal, una forma de apropiarse del cuerpo y marcarlo con algo que parecía eterno. «Cuando te los haces no piensas que vas a cambiar tanto, pero lo haces». Cada vez más personas deciden eliminar sus tatuajes, una tendencia que crece al ritmo de su popularización. Es decir, a medida que el tatuaje se ha ido convirtiendo en una práctica generalizada, también lo ha hecho el arrepentimiento. El auge de los tratamientos de eliminación, hoy más seguros y eficaces gracias a los avances del láser, responde en parte a esta transformación cultural: el tatuaje ya no es una marca irreversible. En Ray Studios, una red especializada en eliminación de tatuajes con presencia en veinte ciudades españolas, reciben cada vez más casos como el suyo. «Nuestro perfil más común son personas que se hicieron el tatuaje en la adolescencia o los 20 y ahora, con 30 o 40, sienten que ya no encaja con su vida o con su trabajo», explica Víctor de Quadras, country manager de Ray Studios España. Con más de 60.000 clientes tratados, aseguran que su propuesta diferencial está en que los tratamientos los realizan exclusivamente médicos o profesionales con formación clínica. Pero borrar no es tan fácil como tatuar. El proceso requiere tiempo, dinero y paciencia. «Hay que saber que es un proceso largo, costoso y con cierto grado de dolor», subraya De Quadras. El precio final depende del tamaño y la complejidad del tatuaje. Puede oscilar entre los 40 y los 130 euros al mes, financiado en 18 meses. Como referencia, el proceso completo suele necesitar entre ocho y doce sesiones, separadas por al menos ocho semanas. Es decir, puede alargarse entre año y medio y dos años, o incluso más si el paciente pausa entre sesiones. Ray Studios utiliza tecnología de láser de picosegundos, una herramienta avanzada que emite pulsos de luz extremadamente breves –de billonésimas de segundo– para romper el pigmento sin dañar la piel. A diferencia de otros sistemas más agresivos, esta tecnología no produce sangrado ni deja heridas abiertas, lo que reduce drásticamente los riesgos de infección o cicatriz. Según explica Víctor, «la barrera natural de la piel se mantiene intacta, y eso cambia completamente el proceso de cicatrización». A fin de cuentas, tatuarse ya no es para siempre, pero tampoco se borra del todo. La tinta, aunque desaparezca del dibujo visible, deja huellas invisibles bajo la piel. Y todavía no sabemos a ciencia cierta cómo pueden afectar a nuestro organismo.