Cómo afecta el mal tiempo a nuestro estado de ánimo: menos sol, más cansancio y un bajón emocional generalizado

Semanas sin apenas sol, cielos encapotados y lluvias constantes. En muchas zonas de España, este invierno está siendo especialmente duro y no solo desde el punto de vista meteorológico, también en lo emocional. La sensación de cansancio, apatía y falta de ganas se ha ido colando en el día a día de miles de personas, que notan cómo el mal tiempo prolongado empieza a pasar factura a su estado de ánimo. Las lluvias persistentes en el norte y la falta de sol en el sur de España están provocando un aumento del cansancio y el desánimo generalizado. Según los expertos, alrededor del 60 % de la población es meteorosensible, es decir, nota cambios emocionales relacionados con el clima. La explicación está, en buena parte, en nuestro propio cuerpo. La luz natural regula la producción de serotonina, un neurotransmisor asociado al bienestar, la motivación y la estabilidad emocional. Cuando la exposición al sol se reduce durante semanas, sus niveles bajan.  Al mismo tiempo, aumenta la producción de melatonina, la hormona que induce el sueño. El resultado es una mezcla de somnolencia, falta de concentración y menor vitalidad. Además, la ausencia de luz altera los ritmos circadianos, el reloj interno que regula nuestros ciclos de descanso y actividad, lo que termina influyendo también en el estado emocional. En algunos casos, este bajón va más allá del cansancio puntual y adopta una forma clínica: el trastorno afectivo estacional. Se trata de un tipo de depresión relacionada con los cambios de estación, especialmente frecuente en otoño e invierno. Sus síntomas incluyen fatiga persistente, apatía, aumento del apetito, dificultades para madrugar o pérdida de interés por actividades habituales. Aunque no afecta a la mayoría de la población, ayuda a entender por qué algunas personas viven estos meses con un malestar más intenso. Más allá del plano biológico, el mal tiempo también modifica nuestros hábitos. Lluvias constantes y temperaturas bajas reducen las actividades al aire libre, el ejercicio físico y los encuentros sociales. Pasamos más tiempo en casa, nos movemos menos y rompemos rutinas que normalmente ayudan a mantener el equilibrio mental. En el ámbito laboral y académico, esto se traduce en menor rendimiento, más distracciones y una sensación generalizada de desgaste. Frente a este escenario, no existen soluciones milagro, pero sí estrategias que pueden ayudar. Mantener horarios regulares de sueño, aprovechar cualquier rato de luz natural, salir a caminar incluso en días nublados o practicar algo de ejercicio son medidas básicas. También resulta clave evitar el aislamiento y cuidar la alimentación. En los casos más intensos, la fototerapia o el apoyo psicológico pueden marcar la diferencia. Entender cómo influye el clima en nuestro estado de ánimo no es una excusa para bajar el ritmo, pero sí una forma de gestionarnos mejor. En inviernos como el actual, reconocer este impacto forma parte de una conversación más amplia sobre bienestar y salud mental. Porque adaptarse al tiempo que hace fuera también implica aprender a cuidar lo que pasa por dentro.