Cuando el silbato siempre cae del mismo lado

La afición de La Real no está enfadada. Está cansada. Cansada de mirar al árbitro más que al balón, de justificar lo evidente, de sentir que siempre hay algo que se inclina en el momento decisivo. En las últimas semanas la secuencia es demasiado clara: los dos partidos de sanción a Brais, el penalti no señalado a Laporte, la amarilla que no vio Adama Boiro, la amarilla a Guedes y el penalti que nunca llegó. Son hechos. No opiniones. Y cuando los hechos se alinean siempre en la misma dirección, la explicación del “error humano” empieza a quedarse corta. La Real ha sido históricamente un matapoderosos. Un club grande que compite desde la coherencia, y eso genera respeto e incomodidad. No hablo de conspiraciones. Hablo de inercias. De un ecosistema que tiende a proteger a los que ya están arriba y a examinar con lupa al que insiste en subir. La Real siempre ha estado llamando a esa puerta. Y cada pequeño detalle arbitral pesa más cuando te juegas ese salto definitivo. Aquí la memoria no es neutra. Crecí en los ochenta. He visto cómo una época oscura erosionó relaciones, amistades, familias. El rencor no siempre se exhibe. A veces se filtra por las grietas. Por eso, cuando en Donostia alguien dice que “esto no es casualidad”, no siempre habla desde la paranoia. Habla desde una historia compartida donde reconstruir confianza costó demasiado. Y cuando algo la pone en duda, aunque sea un simple silbato, la reacción no es ligera. Nunca me gustó pensar mal. Pero cuando los errores se encadenan siempre en el mismo lado del marcador, las alarmas suenan solas. No porque haya pruebas de nada turbio, sino porque falta lo básico: una explicación convincente. La Real no pide trato de favor. Pide igualdad. Pide que el criterio sea el mismo en San Sebastián que en cualquier estadio. Pide que el VAR no sea un decorado tecnológico que aparece tarde y decide peor. He visto vestuarios quedarse en silencio tras una injusticia. No hay gritos. Hay una mezcla de rabia y dignidad. Esa mezcla, repetida, desgasta más que cualquier derrota. Podemos llamarlo mala suerte. Podemos hablar de fallos humanos. Pero cuando la sensación de agravio se convierte en rutina, el problema ya no es una jugada. Es el sistema que la rodea. Y en una tierra que sabe lo que cuesta recomponer la confianza, eso no es un detalle. Porque al final, el mayor daño no es un penalti no pitado. Es la sospecha de que competir limpio no siempre basta.