Tartas que cuentan historias de amor

En La Oca Margarita, entre el aroma a mantequilla tostada y el zumbido de batidoras que recuerdan a las escenas de cocina de Julie & Julia, Marga Cifre compone tartas nupciales con la minuciosidad coreográfica de un Wes Anderson pastelero. Tras dos décadas en la banca, ese universo con ‘menos azúcar’ que un episodio de The Walking Dead, decidió que la vida eran dos días y que quizá convenía pasarlos entre bizcochos y buttercream. Hoy, en su obrador de Palma, atiende a una clientela mayoritariamente extranjera, que llega por el boca-oreja digital y que incluye desde actores de Hollywood hasta músicos y futbolistas.La repostera explica que el proceso comienza cuando «me contacta el cliente por Internet». Les pide fecha y número de comensales para comprobar disponibilidad; si los clientes son locales, se ven en el obrador; si no, videollamada. «Cuando me dan el OK empezamos a hablar de sabores y hacemos la reserva y, si es posible, la cata». Para ella, una tarta memorable nace de «captar fielmente la idea que tengan los novios», porque el pastel debe representar a la pareja. En plena temporada alta -de mayo a octubre, cuando ha llegado a tener hasta nueve bodas en un fin de semana-, la estructura es su gran obsesión: «Una tarta tiene que poder aguantar un trayecto en furgoneta… no puede desmoronarse». Sobre sabores, reivindica lo clásico, «el Red Velvet es el pastel del amor», aunque triunfan combinaciones locales como su Cor de Tramuntana, de limón; y modas como el pistacho o la tarta de nata con frutos rojos, «muy instamagreable». Entre sus mayores desafíos, recuerda «una tarta de diez pisos que fue una pesadilla», y otra circular con «un diámetro de metro y veinte». Por otra parte, apunta que los errores comunes de un repostero amateur nacen, dice, de «copiar otras tartas». Ya saben... Instagram crea expectativas irreales con «colores que no existen».