1. Desenredado. Me apunto a la guerra contra los tecno-oligarcas, claro que sí, presidente. A las barricadas digitales, compañeros, desenredémonos. Bloqueo mi Twitter, dejo de enviar fotitos a Instagram, me doy de baja en las listas de amigotes de wasap y mantengo las de mi familia (o al revés, casi mejor). Incluso me pongo el control parental, por si acaso, para que mis hijos aten en corto a esa persona adicta a TikTok, sin criterio propio y alienada en la que me he convertido por la repetición continua de jugadas de Maradona con taconazos, de consejos de pseudo-psicólogos con frasecitas para entender el sentido de la vida si tienes ya casi sesenta añitos, de tablitas de ejercicios, a cada cual más estúpido, que te aseguran que esculpirán tu cuerpo (de casi sesenta). Una vez hecho todo eso constato la cantidad de tiempo que me queda para pensar, reflexionar y meditar conmigo mismo, disfrutar de estar aquí y ahora y aprovechar el momento presente. Y siento una tristeza, un vacío, una aflicción, un aburrimiento…