La calidad de un buen libro de poemas, en este caso de ‘haikus’ memorables, reside de entrada en la cálida pulsión que nos deja en el alma cuando lo hacemos nuestro. La buena poesía suele entrar como un relámpago en nuestro corazón sin avisar, iluminando, ensanchando las estancias más íntimas y esenciales del espíritu. Salvador Compán lo apunta y lo resalta en un fragmento del prólogo de este libro: «La poesía de José Antonio Santano viene desde lejos…, en ese roce con la realidad que genera la emoción y descubre la belleza inesperada de la simbiosis de ideas y de imágenes». El prologuista incide también, con mucho tino, en la hermosa visión que hace el autor de su paisaje natal sembrado de olivos. Coincidimos aquí con Salvador Compán, puesto que en el libro hay ‘haikus’ cargados de una emoción telúrica que hacen que el lector conecte con la tierra y la adentre en su alma como si fuera suya: «Cansado y triste,/ por tus áureos olivos,/ anduve libre» (Pág. 43). El lector en estos versos se hace tierra, misteriosa raíz atada al alma del poeta que escribe sus ‘haikus’ con el corazón en vilo, sintiéndose luz y materia en lo que escribe: «Sobre la tierra/ de olivares vestida,/ solo el poeta» (Pág. 60).