La inteligencia artificial está cambiando nuestra forma de hablar y escribir. Palabras como imborrable, fortalecer, implementar o desafío se cuelan en nuestro día a día por la influencia de estas herramientas. Así lo constata un estudio del prestigioso Instituto Max Planck que, tras analizar 360.000 vídeos de YouTube, concluye que la IA está modificando no solo el vocabulario, sino también la sintaxis y el modo de formular ideas, un tema analizado en el programa 'La Mañana de Fin de Semana' de la cadena COPE. A pie de campus, los estudiantes universitarios aseguran usarla de forma responsable. "Me informo con ChatGPT y luego lo reescribo como yo escribo", comenta uno de ellos a los micrófonos de Fernando de Haro. Sin embargo, los expertos advierten de que esta influencia es más sutil y profunda de lo que parece. Nidoya Salazar, profesora de Ética de la Inteligencia Artificial en la Universidad San Pablo CEU, explica que, al interactuar cada vez más con estas máquinas, empezamos a adoptar su manera de comunicarse. Para la experta, "la clave está en la consciencia, adquirir consciencia de que este cambio se va produciendo" para poder limitarlo si resulta negativo. Como medida, Salazar destaca la importancia de que organismos como la Real Academia Española (RAE) colaboren con las tecnológicas. Menciona el acuerdo entre la RAE y Google para que Gemini "pueda aprender a hablar mejor y más adaptado a la cultura", incorporando todo el diccionario al modelo y evitando desviaciones en la lengua. El problema de fondo, según los expertos, es que estos modelos están "hechos por tecnólogos, no por personas relacionadas con el mundo de la lengua". Esto deriva, como apunta el estudio del Max Planck, en un lenguaje con pocas frases subordinadas, lo que implica una menor complejidad del pensamiento y relaciones causales más simples. Pablo Gervás, catedrático de Creatividad Computacional en la Universidad Complutense, lo atribuye a que el aprendizaje de la IA es estadístico. La máquina extrae los patrones más probables de un inmenso volumen de datos, generando una "normalización muy radical" del lenguaje donde "se pierden muchos matices". Sin embargo, Gervás aclara que la IA podría hablar de otra manera, pero "hay que aprender a pedírselo". El modelo puede ofrecer respuestas más elaboradas, tristes o incluso con un acento concreto si se especifica en la instrucción. La clave es que, para sacarle el máximo partido, el usuario debe ser exigente y preciso: "Para aprovecharlo bien hay que saber mucho". La conclusión, como resume el periodista Fernando de Haro, es que la máquina no piensa ni escribe por sí sola. La responsabilidad recae en el usuario, que debe aprender a pedirle a la máquina lo que quiere que haga para que el resultado sea rico y adaptado, y no una media aséptica y empobrecida del lenguaje.