El suelo arcilloso de la Bética es uno de los más fértiles de Europa (con permiso de las feraces tierras negras de Ucrania y Rusia). Sus singularidades son clave para que en un clima bastante agresivo los cultivos prosperen. Esas mismas arcillas, esa forma que tienen de retener la humedad, son también un peligro mortal. Cualquiera que haya vivido en la Campiña de Córdoba lo sabe. Y si es ingeniero, lo sufre. En el corazón de la Bética, el suelo arcilloso es un auténtico quebradero de cabeza para los constructores, que se refieren al terreno como arcillas expansivas. El suelo funciona como una esponja tanto cuando llueve como cuando hay sequía. El terreno se hincha con el agua, se hace muy pesado y fangoso. Una masa que se traga a cualquier vehículo que se atreva con él. Hasta andar es imposible, en una especie de arenas movedizas. Cuando se seca, el terreno se contrae. El suelo se agrieta, en los olivares surgen cárcavas como si fueran cuevas neolíticas y los cimientos de cualquier infraestructura se mueven. Hay casas que incluso se caen. Si circulan por la Autovía de Málaga verán el efecto de las arcillas expansivas de una carretera construida hace 20 años y en la que ya se usaron todas las técnicas conocidas para combatir este suelo tan inestable. La autovía es un carrusel de baches que Fomento tiene que ir reparando poco a poco. No hay una solución definitiva más allá de hacerlo todo de nuevo. Un bache se arregla hoy pero en tres años volverá. Ocurre con algunas casas construidas en el campo, que se agrietan y se caen. Y pasa también en la línea de alta velocidad. El gran problema de la línea de alta velocidad a Málaga está, precisamente, en ese terrible suelo arcilloso. En 2003 ya hubo que rehacer un tramo entero entre Puente Genil y Herrera que se vino abajo también por unas lluvias y por las temidas arcillas expansivas. Ahora, se sabía que el derrumbe en Álora iba a tardar en arreglarse. El gran problema de ADIF y de Transportes ha estado en que no se ha dimensionado bien lo que estaba pasando en Álora. Ni 1.000 camiones trabajando en la zona pueden con una montaña que mientras llueva se sigue moviendo. Recuerden el efecto esponja: a más agua más crece. Había que esperar a que se secase para trabajar con seguridad. Que Málaga no tenga tren de alta velocidad es un drama, vale. Pero achacarlo a una responsabilidad política conociendo el terreno como lo conocemos es una hipérbole. Cuando llueve, hay poco que hacer contra un enemigo llamado arcillas expansivas. Te comerá la moral y al final te rendirás. Lo mejor, siempre, es esperar a que se vaya secando y estabilizando de nuevo. Y la solución elegida en Álora es la más bestia y costosa: desmontar la montaña entera para que no se vuelva a desplomar sobre la vía. Insisto. En la Campiña conocemos el problema. Cualquiera que se haya subido a un tractor o intentado caminar por el campo en periodo de lluvias sabe que es imposible. Y que incluso lo sufren las infraestructuras públicas. Si hay algo que tengo claro es que cuando vuelva a llover de manera intensa como en febrero esto volverá a pasar. ¿Dónde? Eso sí que es imposible saberlo.