Pedro Almodóvar regresa al bucle de la autoficción. ¿Es ético que un director y a la sazón guionista utilice como material de trabajo e inspiración de sus tramas las vidas de sus personas cercanas? ¿Dónde acaban los límites de la ficción y comienzan los de la realidad? En Amarga Navidad nuestro director más universal se recrea en sus temas recurrentes. A falta de un alter ego se inventa dos: uno que interpreta Leonardo Sbaraglia (que en Dolor y gloria era Antonio Banderas) y otro a cargo de Bárbara Lennie. Pero el juego hace aguas porque, una vez más, resulta imposible que nos creamos nada de lo que vemos en pantalla. No hay emoción, sólo impostura. La música de Alberto Iglesias, idéntica a sí misma, nos subraya en todo momento que nos encontramos ante algo importante, serio, solemne, intenso. Pero por momentos solamente apreciamos el preciosismo de unas imágenes huecas y unos personajes que parecen meras caricaturas. Estereotipos vistos en las 23 películas anteriores del director.