El envidioso detesta al que admira al mismo tiempo y por la misma razón: carece de lo que en el otro brilla, destaca o llama la atención. Pero, más al fondo, de lo que carece el envidioso es del propio brillar o destacar, pues la envidia se crece por la mirada y el reconocimiento de terceros, se haya producido ya o todavía no. Se carece de algo en particular cuya posesión nos enaltece, es cierto, pero entre las carencias que movilizan la envidia destaca la admiración ajena que recae sobre el envidiado.