La Iglesia española frena la caída de seminaristas

Los datos siguen siendo malos, pero la tendencia se ha invertido . Por segundo año consecutivo, el número de seminaristas en España ha aumentado. Si el curso pasado recuperaba la simbólica cota de los mil (1.036), ahora parece consolidar esa ligera mejoría y se sitúa en 1.066. Una subida discreta, todavía muy lejos de lo necesario para garantizar el relevo generacional de un clero cada vez más envejecido, pero que algunos interpretan como un síntoma del « renacer de la fe cristiana , especialmente entre los jóvenes» al que aludían los obispos españoles en su reciente nota sobre el papel de las emociones en el acto de la fe. Según los datos facilitados por la Conferencia Episcopal Española (CEE) con motivo del Día del Seminario , que la Iglesia celebra este domingo, el declive iniciado en los años ochenta parece haberse frenado tras décadas de caída sostenida. En el curso 2002/03 –el primero del que la CEE ofrece registros completos– había 1.699 seminaristas. Veintitrés años después, y 633 seminaristas menos , la situación, aunque no muy diferente a la de otros países europeos, sigue siendo motivo de preocupación. Más aún si se tiene en cuenta que el número de sacerdotes en España –14.994 según la última memoria– desciende cada año entre 300 y 400, mientras que las ordenaciones apenas alcanzaron las 58 el pasado curso. Un desequilibrio que pone en riesgo la atención pastoral de las 22.922 parroquias que existen en el país. La inquietud no es solo española. A comienzos de 2023, el Papa Francisco ordenó una visita apostólica a los seminarios de nuestro país. Durante varios meses, dos obispos uruguayos recorrieron los 86 seminarios existentes –que en la práctica se agrupan en 57 centros formativos– para evaluar su situación. En noviembre de ese año, en un gesto inédito en la Iglesia católica, Francisco convocó a todos los obispos españoles al Vaticano para entregarles el informe final de la auditoría. La principal conclusión era clara. Los seminarios debían fusionarse para garantizar comunidades formativas con un mínimo de entre 25 y 30 candidatos al sacerdocio. El propio Francisco ya lo había advertido meses antes: «Si somos cinco en la diócesis, esto no es un seminario, es un movimiento parroquial». Junto a la reorganización, el Dicasterio para el Clero instaba también a revisar los itinerarios formativos y diversos aspectos del funcionamiento interno. Para aplicar estas medidas se fijó un plazo de tres años, que vence el próximo mes de noviembre. Algunas diócesis –como Madrid y Alcalá , o varias gallegas– iniciaron ese proceso de unificación, que sin embargo parece haberse frenado tras la elección de León XIV. En cualquier caso, la media actual sigue lejos del objetivo marcado por Francisco, con poco más de 18 seminaristas por centro. Una cifra que sería aún menor si se tiene en cuenta que apenas una decena de grandes seminarios concentra a la mitad de los candidatos. «El seminario es el corazón de la diócesis. La Iglesia no puede subsistir sin vocaciones», señalaba recientemente en redes sociales el obispo de Alcalá, Antonio Prieto. A su juicio, la actual crisis no responde a una falta de llamada, sino de respuesta: «Dios sigue llamando, pero hay demasiado ruido ambiental, producido por el materialismo y el individualismo, que impide a los jóvenes escuchar su voz». Más allá de la explicación espiritual, lo cierto es que el número de seminaristas ha sido durante años entre los obispos un indicador de la vitalidad de cada diócesis. Un criterio imperfecto, pero revelador de dónde los jóvenes están más dispuestos a comprometerse con una vocación exigente. O, en palabras del obispo, donde hay menos «ruido ambiental» que impida a los jóvenes escuchar esta llamada. Quizá para evitar esas comparaciones incómodas, la Conferencia Episcopal dejó de publicar en 2020 los datos desglosados por diócesis. El secretario técnico de la Subcomisión Episcopal para los Seminarios, Florentino Pérez, lo justifica así: «Ofrecer esas cifras desde la Conferencia Episcopal es meternos en competencias que no son las nuestras; lo lógico es que cada diócesis dé esos datos». Sin embargo, se trata de una información que permitía analizar tendencias y ayudar a detectar qué modelos pastorales resultaban más eficaces. ABC ha podido reconstruir esta fotografía vocacional a partir de los números que cada diócesis reporta a la Conferencia Episcopal, en este caso referentes al curso 2024/25. La cifra oficial entonces era de 1.036 seminaristas , aunque los registros recopilados por este diario la sitúan en 1.031, una diferencia atribuible a variaciones en el momento del recuento. Más allá del matiz estadístico, la radiografía es clara: España no tiene un problema homogéneo de vocaciones, sino un mapa profundamente desigual. El primer hecho que podemos constatar es que sólo nueve diócesis –Cartagena, Córdoba, Getafe, Granada, Madrid, Sevilla, Toledo, Oviedo y Valencia– superan el umbral de los treinta seminaristas que pedía el Papa Francisco. En el extremo opuesto quince diócesis cuentan con uno o ningún candidato al sacerdocio. Cuarenta, de las 70 diócesis que existen en España, tienen 10 o menos. Ni siquiera alcanzan el número mínimo para participar en un campeonato de fútbol entre seminarios, al estilo de la Clericus Cup que el Vaticano organizó hace unos años. Madrid lidera en términos absolutos, con 116 seminaristas, seguida de Toledo, con 74. Dos cifras próximas, pero que responden a realidades muy distintas. Si se comparan con la población católica, la distancia se agranda. En Madrid, con más de cuatro millones y medio de fieles, la ratio es de un seminarista por cada 38.900 católicos. En Toledo, en cambio, esta ratio es cuatro veces menor y se reduce a uno por cada 10.469. A nivel nacional, la media se sitúa en torno a un seminarista por cada 47.000 fieles. Para Álvaro García Paniagua, rector del seminario mayor de Toledo, la primera clave del éxito de un seminario es espiritual: «Que Dios quiera bendecirlo, por las razones que sea». En lo más prosaico sí reconoce factores concretos. En la diócesis de Toledo «desde hace décadas tenemos bastantes sacerdotes que trabajan muy bien la pastoral juvenil, familiar, de mayores, y también la vocacional. Su testimonio agradecido y alegre genera vocaciones», apunta. El modelo toledano hunde sus raíces en la reforma impulsada en 1973 por el cardenal Marcelo González Martín con su carta pastoral 'Un seminario nuevo y libre'. En aquella etapa primigenia del postconcilio, mientras en otras diócesis como Madrid experimentaban con diluir la vida comunitaria y enviar a los seminaristas a pisos en los barrios del extrarradio de la ciudad, en Toledo se imponía un programa más clásico, con fuerte identidad y un profesorado de alta cualificación. «Después de aquella labor los siguientes obispos han cuidado el seminario e intentado mantener ese estilo», explica el actual rector. En el polo opuesto se encuentran los seminarios de Cataluña, que sobreviven en la región más secularizada de España. Barcelona presenta 27 seminaristas, pero su ratio supera los 105.000 habitantes por candidato, más del doble de la media nacional. En el resto de diócesis la situación es todavía más dramática: Gerona tiene 2; Sant Feliu, 1; Solsona, 5; Tarragona, 2; Tortosa, 1; Urgell, 4 y Vic, 1. Sólo supera el doble dígito la diócesis de Tarrasa, con 18 estudiantes. Se da la circunstancia de que los únicos dos obispos que ha tenido esta joven diócesis –Josep Àngel Sainz Meneses y Salvador Cristau– se formaron en el seminario de Toledo en la época del cardenal González Martín. Otro caso significativo es el de Getafe, con 64 seminaristas y una ratio de uno por cada 27.000 fieles. Su rector, Cruz Gonzalo López Palomo, también considera complejo describir el 'secreto' de su éxito y recurre a las palabras de Juan Pablo II: «Toda vocación es siempre un don y un misterio» . Sin embargo sí que acierta distinguir tres puntos: «La oración por las vocaciones; el testimonio cotidiano de sacerdotes fieles a Jesucristo, que aman la Iglesia y viven su ministerio con sencillez y alegría». A ello suma «una buena pastoral», en especial para la juventud, «que facilite el encuentro y seguimiento de los jóvenes con Cristo». Frente a estos focos de vitalidad, otras diócesis afrontan el vacío. El obispo de San Sebastián, Fernando Prado, sorprendía recientemente con una carta pastoral titulada 'Nuestros seminaristas' en la que reconocía que este año no tiene ninguno. «¡A qué loco se le ocurre escribir sobre los seminaristas que no tiene!», ironizaba. Lejos del derrotismo y la resignación defendía que «el Señor trabaja en el silencio» y proponía reforzar la oración y la pastoral juvenil como respuesta. La iniciativa parece haber tenido éxito y para el curso que viene «ya esperamos alguno», explica Prado a ABC. Además de las cifras, emerge otra clave para interpretar la situación, el origen de las vocaciones. Los datos facilitados por la Conferencia Episcopal muestran que una quinta parte de los seminaristas –212 de los 1.066– están vinculados al Camino Neocatecumenal y se forman en alguno de los catorce seminarios Redemptoris Mater existentes en España. Junto a ello, aunque no hay estadísticas oficiales, cada vez es más frecuente la llegada de jóvenes procedentes de iniciativas como los retiros de Effetá o el grupo Hakuna . Realidades que los obispos, sin citarlas expresamente, señalaban en su reciente nota al advertir del riesgo de que la emotividad derive en formas de «abuso espiritual». Sobre la cuestión responde Jorge Mora, un seminarista de 19 años de la diócesis de Cuenca que esta semana colaboraba con la presentación de la campaña eclesial. «Sabemos el papel de la emoción, pero no es todo. Hemos participado en retiros como Effetá o en cenas Alpha, y hacen muchísimo bien a la Iglesia, pero no se puede reducir todo al emotivismo», explicaba a preguntas de los periodistas. Y lo resumía en una frase al más fiel estilo de la Generación Z: «El seminario hoy en día, lo mires como lo mires, si lo vives desde la emoción, no renta».