El huracán (todavía) lleva tu nombre

En vísperas de la boda de mi hija en la ciudad del polvo y la niebla, comí con mi madre en su casa de jardines paradisíacos y me abstuve de probar los postres porque al día siguiente me exhibiría en sociedad y no quería verme tan gordo. Era un día soleado de verano. Radiante a sus ochenta y cinco años, mi madre bendijo los alimentos y, haciendo sonar la campanilla, gobernó la mesa, mientras pequeños pájaros de pechos rojos y amarillos remojaban sus plumas en la piscina. Pensé que sería un almuerzo tranquilo, sosegado, placentero. No fue así. Con suaves modales y carácter recio, mi madre me pidió que me cortase el pelo esa misma tarde y me ajustase una... Ver Más