Hay un momento en que el cuerpo habla. No susurra ni insinúa: grita. Un dolor que aparece sin avisar, un cansancio que no cede con el sueño, una tensión que se instala en la nuca o en el pecho como un inquilino que nadie invitó. Y nosotros, fieles a la lógica del siglo en que vivimos, lo ignoramos. Nos tomamos un analgésico, bebemos otro café y seguimos. Vivimos en un tiempo que ha convertido la ocupación en virtud. Estar ocupado es sinónimo de ser importante. La agenda llena, las notificaciones constantes, los proyectos que se solapan y los fines de semana que ya no descansan a nadie. Hacemos mil cosas y aun así sentimos que son pocas, porque siempre hay alguien, en las redes, en el trabajo, en el vecindario, que parece hacer más, tener más, ser más.