Hasta hace unos años, toda persona medianamente informada conocía los nombres de los principales ministros. Hoy, las ceremonias de juramentación se han convertido en un desfile de ilustres desconocidos cuyos nombres ya nadie se molesta en memorizar porque desaparecen al poco tiempo, sin pena ni gloria. Quien los designa ni siquiera se toma la molestia de revisar sus antecedentes y es la prensa la que tiene que hacerle el trabajo.