La primavera llega siempre como promesa de un orden cósmico: viene anunciada por la longitud del día, brota aquello que estaba latente. Pero en estos tiempos la sentimos más como desprotección o desamparo. Como una especie de intemperie cívica: la sensación de vivir sin un marco común. No es que falten leyes, datos o discursos: se ha debilitado el suelo compartido donde esos elementos podían arraigar. Como constataba Camus lo inquietante no es la catástrofe sino la normalidad con la que la aceptamos.