El Plural
No fue un incidente menor. Fue una señal clara de hasta dónde hemos llegado. Esta semana, un falso techo se desplomó en un centro de salud de Torremolinos, dentro de un espacio donde debería haber seguridad, no riesgo; donde trabajan profesionales que sostienen el sistema con esfuerzo diario y donde acuden pacientes que no tienen alternativa. Dos adultos y un bebé tuvieron que ser atendidos en urgencias. No hubo víctimas graves, pero podría haberlas habido. Lo más preocupante no es el derrumbe en sí, sino que ya no sorprende. Que vemos estas imágenes y dejamos de escandalizarnos, que empezamos a asumir que forma parte de lo normal. Y cuando una sociedad normaliza algo así, el problema es mucho más profundo. La sanidad pública andaluza atraviesa un deterioro evidente que ya no se puede ocultar y que tiene un responsable político claro: Juanma Moreno Bonilla. Lo ocurrido en Torremolinos no es un caso aislado, sino el último episodio de una cadena de fallos que se repiten en toda Andalucía. Centros del Servicio Andaluz de Salud acumulan filtraciones, desprendimientos, fallos eléctricos y problemas estructurales que afectan directamente a la atención sanitaria. Durante el último año, los temporales han dejado al descubierto algo más que goteras: han evidenciado un sistema que no está preparado ni siquiera para situaciones previsibles. Los ejemplos se acumulan y dibujan un patrón claro. El Hospital Universitario de Jerez ha sufrido filtraciones en varias ocasiones; en el Hospital Puerta del Mar, los problemas de climatización y saneamiento son recurrentes; en Málaga, tanto el Hospital Regional como el Clínico Virgen de la Victoria han sido señalados por el deterioro de sus instalaciones. En Sevilla, el Virgen del Rocío también ha registrado incidencias, mientras que en Cádiz el Hospital de Puerto Real arrastra problemas estructurales desde hace años. En Jaén, la propia Junta ha reconocido daños en cubiertas y fachadas tras episodios de lluvia, y en la Serranía de Málaga centros como los de Ronda o Algatocín han sufrido daños importantes. El centro de salud de Alozaina se cae ha pedazos, el viernes pasado el viento arrancó una ventana, y esta semana explotó el suelo. En Osuna, las filtraciones forman parte del día a día en el hospital de La Merced. Las imágenes se repiten con demasiada frecuencia: cubos recogiendo agua, pasillos inundados, actividad suspendida y sanitarios achicando agua para poder seguir atendiendo. No es una excepción, es un patrón. Durante mucho tiempo se ha intentado justificar esta situación hablando de falta de recursos, pero ese argumento ya no se sostiene. En 2025, una parte muy importante del presupuesto destinado a inversiones sanitarias no se ejecutó. En el tercer trimestre, el porcentaje sin gastar alcanzaba el 86%. Es decir, había dinero, pero no se utilizó cuando hacía falta. Este dato cambia completamente el enfoque: el problema no es solo cuánto se invierte, sino cómo se gestiona. Y en este caso, la conclusión es evidente: no se ha actuado a tiempo. La falta de mantenimiento y de ejecución presupuestaria ha ido deteriorando...
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