'Amarga Navidad': La Navidad más fría de Almodóvar
El Plural

'Amarga Navidad': La Navidad más fría de Almodóvar

Hay cineastas a los que se les perdona casi todo porque han levantado un universo propio. Pedro Almodóvar es uno de ellos. Le basta una cortina roja, una lámpara imposible, una cocina donde el dolor entra mejor si combina con el alicatado y un rostro roto en primer plano para que uno reconozca inmediatamente quién está detrás de la cámara. Ese mundo sigue intacto en Amarga Navidad. La fotografía está cuidada hasta el fetichismo, los colores vuelven a estar medidos como si cada plano hubiera sido pensado para sobrevivir colgado en una pared, y hay escenas que remiten a ese cine suyo que convirtió la emoción en una forma de decoración viva. El problema es que, esta vez, todo ese aparato visual no sostiene la película. La historia parte de un terreno fértil: una mujer en pleno duelo, atrapada entre la muerte de su madre, el trabajo entendido como anestesia y una fragilidad emocional que se va resquebrajando a medida que avanza el metraje. Sobre ese papel, Almodóvar podría haber construido un drama sobrio, doloroso y quizá hasta devastador. En lugar de eso, levanta una estructura narrativa que se pliega sobre sí misma, se comenta a sí misma, se contempla a sí misma y termina atrapada en ese gesto. Más que seguir una historia, el espectador tiene que ir recolocando piezas para entender de qué va exactamente lo que está viendo. Y ahí aparece el principal lastre de la película: la línea narrativa no es clara, y uno acaba fijándose más en sobre qué va la película que en la película en sí. Ese desajuste es letal. No porque el cine deba ser siempre transparente, sino porque aquí la confusión no abre sentido, lo dispersa. Amarga Navidad quiere hablar del duelo, de la soledad, de la culpa, de la apropiación del dolor ajeno, del creador que vampiriza vidas para convertirlas en relato, de los límites morales de la autoficción. Quiere ser íntima y conceptual al mismo tiempo. Quiere ser herida y también comentario sobre la herida. Pero entre una cosa y otra pierde pulso dramático. Hay secuencias que parecen importantes porque están filmadas como si lo fueran, no porque realmente lo sean. Y eso, en un director que antes sabía convertir un gesto mínimo en una descarga eléctrica, sabe casi a derrota. Parte del desconcierto que deja Amarga Navidad tiene que ver con la forma en que desdibuja a sus propios personajes. En apariencia, la película arranca como el relato de Elsa, una directora de publicidad atrapada en el duelo por la muerte de su madre, refugiada en el trabajo y empujada a una huida emocional en Lanzarote junto a su amiga Patricia, mientras Bonifacio queda en Madrid como una presencia más desvaída que realmente sólida. Pero esa base pronto se desplaza hacia otro terreno, el de Raúl Durán, cineasta y evidente alter ego de Almodóvar, que convierte ese dolor en materia narrativa y arrastra la historia hacia un juego de autoficción que termina siendo más confuso que sugestivo. Ahí...

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