Vanguardia
Una de las cosas que he aprendido cocinando como voluntario en una sala de conciertos pop es que los tributos son un gran negocio. Es sabido que, si uno no tiene cuidado, levanta una piedra y sale un imitador de Elvis. Pero hoy en día hay imitadores de cualquier artista o grupo que se precie, y una masa de público que, a) quizá nunca pudo ver al artista original, o b) no tiene ganas de verlo en un concierto junto con otras cincuenta mil personas, o c) simplemente quiere pasar un buen rato escuchando sus canciones en vivo, y está dispuesta a pagar un boleto por ver a un imitador interpretarlas.
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