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Amarga Navidad. Desde hace ya unos quince o veinte años por lo menos, uno va a ver una película de Almodóvar un sábado por la noche y sale dos horas después con cara de domingo por la tarde, tristísima y alargada, y con ganas de meterse en la cama. Y no debería ser un problema el volverte serio, trascendente, meditabundo, y querer transmitirlo. El problema es hacerlo de manera aburrida, sentenciosa, cursi. En sus seis o siete últimas películas todas sus protagonistas tienen una cara de pena permanente, hablan de manera metálica y arrastrando las palabras, parecen como robotizadas, como si no fueran humanas (que ya es difícil cuando una de ellas es Barbara Lennie y otra Victoria Luengo). Y los diálogos y argumentos no es que sean fríos, es que están ultracongelados. El asunto no es que Almodóvar esté triste o que le duela la espalda o que no le apetezca ver a gente. El asunto es que sus películas ni emocionan, ni sienten, ni padecen y son de un ombliguismo que tira de espaldas.
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