La Opinión de Málaga
Al caer la tarde-noche del Viernes de Dolores, la calle Lope de Rueda se eleva en un mástil ordenado de túnicas burdeos y negras. Las filas de nazarenos confirman el crecimiento indudable de una corporación con una larga trayectoria bien marcada, con un presente arraigado y un futuro prometedor. Es el día en el que el barrio se independiza emocionalmente del centro y se aleja del bullicio cofrade de una intensa jornada de traslados. Velas al costado, asfalto teñido de cera roja, capirotes movidos por el leve viento que de vez en cuando se escapa entre los árboles de la Plaza Gámez Quintana.
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