ABC
Pocas cosas hay que escandalicen más al mundo conservador que ver cómo políticos de izquierda, tan defensores de lo público en el atril, confían en la enseñanza privada para la educación de sus hijos. Sin embargo, fuera ya de las siglas partidistas, en la calle que pisan los votantes, se ha levantado toda una red de colegios de 'élite', no necesariamente académica, para familias de cualquier pelaje ideológico. Aquel mundo clasista, antes reducido a un perfil más tradicional, ha conquistado también al sector progresista, dando lugar al fenómeno de los colegios 'pijo-progres', antaño más minoritarios y que conforman un nuevo tablero educativo en el que la pública no deja de cerrar centros y perder estudiantes mientras la privada y la concertada matriculan al 33% de los alumnos en España. Durante décadas, el elitismo católico y conservador lo simbolizaba el histórico Colegio del Pilar, cantera de líderes políticos y económicos, cuyas aulas pisaron figuras como José María Aznar o Alfredo Pérez Rubalcaba. En el extremo opuesto, aunque nunca del todo desconectado de ciertas élites culturales, se situaba el Colegio Estudio , fundado en 1940 como heredero del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. El Estudio representaba una aspiración muy distinta a la del Pilar: laica, progresista, basada en la formación integral del alumno y alejada del academicismo rígido. Hoy el campo de batalla educativo se ha desplazado hacia las llamadas pedagogías alternativas, impartidas también en centros privados, y que prometen no solo educar, sino moldear individuos más libres, creativos y emocionalmente equilibrados. Aquí brillan nombres como el método Montessori, convertido casi en marca aspiracional, o propuestas más controvertidas como las escuelas-bosque , donde el contacto permanente con la naturaleza sustituye al aula convencional. Sobre lo difícil que puede resultar para unos padres de clase media encontrar colegio reflexiona, con mucha gracia, la película 'Altas Capacidades', dirigida por Víctor García León . El filme, recién estrenado, es una sátira social sobre las pulsiones que llevan a una familia a decantarse por un centro u otro y es una verdadera ametralladora de preguntas no siempre cómodas —ni fáciles—de responder: ¿proyectan los padres sus aspiraciones sociales en la elección de colegio para sus hijos? ¿Se puede creer en la meritocracia? ¿Qué aristas morales aparecen cuándo alguien de izquierdas confía en la educación privada ? ¿Qué podemos hacer para mejorar la educación pública? Se atreve a hablar de todo ello Eva Martín, directora del Colegio Reggio, en Madrid, el espacio escogido en la película para representar un centro 'pijo-progre' prototípico. En mitad de un terreno rodeado de naturaleza, con una arquitectura entre vanguardista y brutalista, el colegio pasó el casting. Con la diferencia de que, quien pone un pie en el Reggio, se da cuenta de que en sus aulas no hay veto a la inmigración y los logos de los coches son de clase media. Allí, los niños no aprenden en el bosque: hay exigencia académica, notas, libros y deberes. Y, por supuesto, no les dicen a los padres por sistema que su niño tiene 'altas capacidades' o, con el término de otro tiempo, que son superdotados. La fundadora está tan segura de la fuerza y de la validez de su escuela que no tiene miedo a recibirnos, a ser confundida. «La película parte de una foto actual y habla del debate entre las familias, de las razones para escoger un determinado modelo educativo. Muestra con humor que muchos padres buscan en el colegio un 'pack social', un ambiente, unas compañías. Nosotros estamos en las antípodas de eso», dice orgullosa Martín. Claro que el Reggio también es un centro privado. «Sí, los somos porque queremos ser libres. Aunque tengo que decir que nuestras cuotas son más asequibles que las de muchos concertados». Martín lleva tiempo observando cómo en esta sociedad del hijo único es fácil que en él se concentren en exceso las expectativas de los padres: «En él se deposita todo. Todas las proyecciones de la familia. Y en ese contexto, me sorprende cómo muchos centros privados sucumben a los deseos ocultos de las familias y les garantizan un éxito, una idea de éxito que es una fantasía», reflexiona Martín, que es una ferviente creyente en la meritocracia, y confía en que, tarde o temprano, a los impostores se les caen las caretas. Es algo más pesimista Mariano Fernández Enguita, catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense, quien señala que lo verdaderamente sorprendente de nuestro tiempo es que no hay persona en el poder que no esté convencida de haber llegado ahí por sus propios méritos. Entendiéndose que no hay otro mérito que el de haber sido buen estudiante, aunque podría haber otros, como ser un buen comerciante, una persona dadivosa, generosa. «La educación se ve hoy como el gran selector de gente con mérito», dice. «Todas las financieras de Wall Street se presentan a sí mismas como meritocráticas, pero son las primeras que van a cazar a universidades de la Ivy League». Este sociólogo, siempre interesado por las desigualdades y cuyo trabajo se centra en la enseñanza, cree que, al margen de la ideología, la sociedad se está separando en dos grandes bandos sociales que coinciden con la educación. «Creo que la hipocresía de la izquierda no es llevar a sus hijos a centros privados, sino ignorar la ventaja que supone vivir en determinados barrios donde la diferencia con los colegios públicos de otros barrios es mucho mayor que con otros privados o concertados». Además, señala un cambio social interesante: hace treinta años eran los colegios los que llegaban a las aldeas, pueblos o barrios nuevos. La comunidad preexistía y, de hecho, al maestro se le veía como un «extraño sociológico», alguien que estaba en la comunidad pero no pertenecía a ella. Hoy sucede justo al revés: cuando la gente se plantea tener hijos se va a un barrio de nueva creación, se trasladan, y son los colegios los que crean una nueva comunidad. Si bien es cierto que las escuelas más elitistas suelen ser extraterritoriales. Es decir, la clientela no vive en el barrio, sino que llega en autobuses que recorren la ciudad de punta a punta. Aunque hay otro factor detrás del crecimiento de la privada 'pijo-progre' y la concertada católica: estos centros ofrecen tranquilidad temporal a los padres, que se hacen cargo de los niños más allá de la jornada lectiva. De nuevo aparece la idea de 'pack'. «Están los madrugadores, los que vuelven más tarde a casa...se ocupan del transporte, de las excursiones, del viaje a Irlanda... La pública tiene que recortar todo eso. Los maestros y profesores son funcionarios y como empleados públicos no van a querer asumir este tipo de extras». El elitismo a las afueras interesa a la filósofa catalana Jahel Queralt, sobre todo por las contradicciones y las aristas morales de esos padres progresistas comprometidos con la igualdad que matriculan a sus hijos en centros privados cuidadosamente seleccionados. El ejemplo más automático que se viene a la mente es el privado en Las Rozas que escogió Pablo Iglesias para sus descendientes. Queralt parte de una clave incómoda: «La educación es un bien posicional. Es decir, su valor depende de la posición relativa que uno ocupa frente a los demás: si unos niños acceden a mejores recursos educativos no solo se benefician a ellos, sino que colocan al resto en desventaja», argumenta Queralt, que da clase de Filosofía Política en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. En el terreno de la sanidad, el argumento de dejar libres los servicios públicos puede ser válido. Si una familia acude a la privada y obtiene un mejor diagnóstico o una operación más rápida, eso no empeora la salud de los demás y ahí la 'descongestión' puede ser positiva. La ventaja de uno no implica la desventaja del otro. Pero, en educación, la cosa cambia. «Cuando una familia de clase media opta por salir del sistema público, incluso cuando ese sistema es razonablemente bueno, no está descongestionándolo, sino que está comprando una ventaja», razona Queralt. Y aquí es donde aparece la figura del colegio 'pijo-progre'. No tanto como caricatura, sino como síntoma. Padres que no buscan necesariamente mejores contenidos académicos sino algo más difícil de verbalizar: un entorno social determinado . La incomodidad surge porque esta decisión choca frontalmente con los principios que esas mismas familias suelen defender en el plano político y que empiezan con la igualdad de oportunidades. El problema no es tanto la contradicción, inevitable en cualquier vida, sino el intento de justificarla e incluso convertirla en coherente. Ahí es donde aparece lo que Queralt señala como autoengaño moral: saber lo que uno está haciendo y, aun así, construir un relato para tranquilizar la conciencia. Ahora bien, la otra cara del dilema es igual de importante, pues llevar esta lógica al extremo conduce a una exigencia imposible: que los padres sacrifiquen el bienestar de sus hijos en nombre del bien común. «No se puede pedir eso. No es razonable exigir que alguien perjudique deliberadamente a su hijo por un ideal colectivo». El resultado es un sistema cada vez más fragmentado . No solo entre pública, privada y concertada sino entre burbujas: colegios gueto, concertados católicos de clase media, privadas de élite y nuevas pedagogías alternativas que, bajo una estética progresista, reproducen dinámicas de segregación. «En las escuelas-bosque se impone una visión del mundo dogmática , una cosmovisión, son escuelas totalizadoras», zanja esta filósofa. De sus palabras se desprende que no se trata de exigir heroísmo ni de demonizar decisiones individuales, pero tampoco de ignorar sus consecuencias. Entre el sacrificio imposible y la coartada moral hay un espacio incómodo: el de reconocer la contradicción sin maquillarla, esa conversación honesta que trata con humor 'Altas Capacidades'. Vayan a verla.
Go to News Site