El Periódico Extremadura
En lo alto del silencio extremeño, donde el tiempo parece detenerse entre encinas y piedra antigua, se alza el castillo de Monroy. Durante décadas fue una ruina olvidada, un vestigio de la historia condenado a desaparecer. Hoy, sin embargo, vuelve a latir. Y ese latido tiene un nombre propio: Pablo Palazuelo.
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