ABC
Los motivos por los que este cronista elige una misa y no otra son difíciles de explicar, pero hay ocasiones en las que se siente invitado, lo cual agrava la dificultad de mantenerse en el justo medio sin dejarse llevar por apasionamientos ni apegos personales. Tal es el caso de esta boda en la Anunciación ante el majestuoso altar de cultos de la Virgen del Valle, inconmensurable en su belleza aérea y argentina. Pero no nos apartamos del fiel de la balanza si decimos que fue una celebración hermosa, elegante en su sobriedad, sin golpes de efecto de musiquitas, sensiblerías cursis, palabras afectadas y estridencias varias. El compromiso de los novios con el sacramento que se estaban administrando recíprocamente se trasladó a la asamblea. Así que esta vez sí puede decirse que fue una misa 'muy participada'. Alguien comentó a la salida: «Es la primera vez que estoy hora y media en una iglesia y no se me hace pesado». Tal vez porque no hubo nada de trámite. En sí, la ceremonia nupcial duró hora y cuarto, que no es precisamente poco. El oficiante no abrevió nada. Rezó con el canon romano en vez de con la manida plegaria eucarística III, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Es lo que tiene la belleza de la liturgia bien celebrada, sin tener que recurrir a numeritos y ocurrencias para que se hagan virales convenientemente registrados 'ad hoc'. La música estuvo bien elegida. Desde el 'Laudate Dominum' mozartiano de la entrada de la novia al 'Avemaría' de Caccini en el ofertorio, pasando por el 'Christus factus est' y el 'Anima Christi' de Frisina en la comunión y la marcha 'Valle' de salida. Son músicas hermosas y reconocibles, con ese punto popular que pide una boda, sin despeñarse por la pendiente de la vulgaridad. Se echó en falta el 'sanctus' (hasta el sacerdote se quedó esperando), máxime cuando sí se entonó el 'agnusdéi'. Tal vez la música instrumental sonó demasiado fuerte durante el consentimiento de los novios, pero esa impresión puede estar condicionada por el lugar de audición. La monición de entrada, breve y directa como debe ser: sin gazmoñerías. La primera lectura la hizo el novio, lo cual es desacostumbrado aunque sin indicación alguna en contra. Tenía toda la intención del mundo porque con ese gesto quería hacer suyo el bello canto de Rut a su suegra Noemí transformado aquí en voto matrimonial a su bella esposa: «Iré adonde vayas, viviré donde vivas». ¡Menuda declaración de amor! En cuanto a la homilía, el sacerdote se embarcó (ahora sabrá el lector por qué elegimos este verbo) en un paralelismo entre la acción de Hernán Cortés de «quemar las naves» en Veracruz y cuanto implican los esponsales. Como la predicación era de 'puerta grande o enfermería' (que es otra manera de decir lo mismo), reseñemos que el oficiante llegó a buen puerto aunque en algún momento se le vio perder algo el rumbo. No cabía duda de que había acompañado a los novios en su periplo de fe, lo cual siempre le da cercanía y color a la homilía de las bodas. Aunque para cercanía y conocimiento de los contrayentes, la acción de gracias, sin duda lo más recordado por los presentes. Corrió a cargo de Eloy, un seminarista onubense que acolitó con la ayuda de dos monaguillos con cara de pillos, vestidos con roquete y el pelo esculpido que pedían a gritos que los inmortalizara Grosso. Las damitas de la novia, vestidas iguales, arreglando el velo y la cola de la novia compusieron una tierna imagen. El servidor del altar había sido compañero de estudios de la novia y a la vez había compartido piso con el novio, a los que conoció en días consecutivos de septiembre de 2015, según reconoció. Fue honda y sincera, emocionante sin sentimentalismos, vibrante sin concesiones, dirigida a Dios, que todo lo ha dispuesto para que los novios se casaran. Y, por todo ello, llamativa, ya que demasiadas veces se escuchan acciones de gracias a lo Lina Morgan, ya saben: «Gracias por venir». ¿Fue perfecta la misa? Líbrenos Dios, porque en todas las eucaristías tiene que haber una muesca, una marra que hable de las limitaciones humanas participando en la alabanza perfecta que tiene lugar en los cielos. Aquí fue el embolismo, que el oficiante se cargó -sin darse cuenta, como después nos reconoció- al cerrar la oración dominical con un 'amén' sobrante. El oficio concluyó con la salve a la Virgen del Valle, sublime y etérea como la propia talla en su altar del septenario. ¡Felicidades a los recién casados!
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