Cope Zaragoza
En una luminosa terraza de la residencia San Camilo, en Tres Cantos (Madrid), se encuentra Isidro, de 58 años. Su vida cambió drásticamente en un instante. "Pues el día de Nochevieja me dio como una parálisis, y ya me quedé sin movimiento, de cintura para abajo", relata. Desde entonces, se mueve en una silla de ruedas y se encuentra en la unidad de paliativos del centro. La adaptación a esta nueva realidad no ha sido sencilla: "Es difícil acostumbrarse a que de pronto uno no pueda mover las piernas". La dependencia total es una de las cargas más pesadas. "Que le tengan a uno que ayudar en todo. No es fácil. Todo, se te hace todo cuesta arriba", confiesa con la voz entrecortada. Isidro reconoce la dificultad de sentirse una molestia para sus seres queridos: "Molestas un poco a la gente, están ahí pendientes de ti y eso, claro". Este sentimiento se suma a su propia lucha interna, una batalla que a menudo le llena los ojos de lágrimas, aunque insiste en que "hay que seguir con ello". Aunque afortunadamente no sufre dolores físicos —"de momento no tengo dolor. Ningún dolor"—, Isidro se enfrenta a lo que él mismo define como "el dolor del alma". Este sufrimiento, más profundo y silencioso, se manifiesta en una "lavadora de pensamientos" que a veces le asalta. "Intentas evitarlo, pero al final no puedes. Lo llevas ahí contigo", admite. Pese a todo, demuestra una lucidez y una aceptación sobrecogedoras. "Yo lo tengo asumido que es así, es así", afirma con resignación y fortaleza a partes iguales. Esta aceptación se extiende a su visión del futuro. Isidro es consciente de su situación y no rehúye la realidad de su pronóstico. Con una honestidad conmovedora, expresa sus pensamientos más íntimos sobre el desenlace de su enfermedad. "Eso lo tengo asimilado", dice mientras la emoción vuelve a asomar. Su frase resume una valiente declaración de intenciones: "Sé que el final no va a ser bueno, pero hay que seguir". Isidro se siente arropado por su familia y por el personal del centro. El agradecimiento hacia quienes le cuidan es inmenso. "Los compañeros, las enfermeras y todo eso, la comida... vamos, no tiene precio, como digo yo", asegura. Su aprecio por el trato recibido es tal que lo resume con una frase tan sorprendente como reveladora: "Aquí estoy mejor que en el Palacio Real". A su lado, cogiéndole la mano durante toda la conversación, se encuentra Xavi, responsable del Servicio de Atención Espiritual del centro. Xavi explica que su labor, pionera a nivel nacional, se basa en la creencia de que "lo que sana es la relación". El objetivo último del cuidado paliativo, según su modelo, es que la persona, llegado el final, "muera sana". Este concepto va más allá de lo físico y se adentra en lo existencial. Para morir sano, primero hay que "vivir sano", lo que se traduce en "planificar, integrar y completar la vida". En la residencia, los relojes de las paredes están detenidos simbólicamente. No es por falta de pilas, sino para recordar que el tiempo cronológico debe vivirse dentro del 'kairós', el "tiempo de planificación". Se busca que cada persona pueda llevar adelante su proyecto de vida, integrando sus experiencias pasadas, presentes y futuras, a pesar de las circunstancias. Isidro no es definido por su enfermedad; es una persona con una rica historia vital. Ha sido camionero y autobusero, ha recorrido Europa y disfrutado del arte en ciudades como Roma. El acompañamiento espiritual tiene como objetivo que él, desde su silla de ruedas, "construya un pequeño proyecto vital" basado en sus valores. Valores como la paciencia, la gratitud o el ánimo, que le permiten seguir adelante "aquí y ahora". El día a día se trabaja a través del 'counseling' espiritual, identificando necesidades. Un ejemplo reciente es la reforma que Isidro hizo en el baño de su casa. "Fui esta semana un día a verla", cuenta. Cambió el plato de ducha y pintó. Para Xavi, este acto tiene un profundo significado: "Poner un baño, poner el plato de ducha supone que hay esperanza y hay una necesidad de continuidad. Esa casa algún día se la quedará alguien y, por lo tanto, otorgará un legado". Isidro lo confirma con un generoso "que la disfruten ellos también". La vida, como recuerda Xavi, "está llena de pequeñas cosas". Por eso, un proyecto vital consciente se construye en los detalles: levantarse y salir al pasillo, tomarse un café en la cafetería del centro en lugar de en la habitación, o comer en la sala de familia. Son estas pequeñas decisiones las que colocan a Isidro en la vida cada día, permitiéndole afrontar sus miedos y construir pequeños trozos de existencia que le dan sentido. Al terminar la conversación, Isidro se despide con un firme apretón de manos y se aleja en su silla de ruedas. Le queda por delante la tarea de vivir el minuto a minuto. Una fatiga y un gusto que, en el fondo, no es tan diferente de la que afrontamos todos. La de seguir viviendo, a pesar de todo, hasta el final.
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