La mano de DIOS
Vanguardia

La mano de DIOS

Con mi mantilla de seda blanca y mi vestidito de organdí, a mis hermosos seis años caminaba de la mano de mi madre de casa a la Iglesia de la Soledad, la patrona del puerto de Acapulco. Cuentan que la imagen se quiso quedar ahí, que se volvió muy pesada y ya no pudieron moverla. Con su traje negro y su carita doliente la madre de Dios llora desconsolada. Su rostro blanco se mira consternado y sus hermosos ojos cuajados de lágrimas. Íbamos a la bendición de los ramos, con esto iniciaba la Semana Mayor. La plaza del zócalo estaba llena de vendedores de ramos, mi madre compraba uno y me lo daba a mí, para que yo lo elevara cuando el Padre Parra desde el púlpito los bendijera. Los feligreses nos formábamos, la fila avanzaba y a todos nos tocaban las gotas de agua de la bendición.

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