El Comercio
Culminada la primera ronda del debate presidencial sobre seguridad ciudadana, 33 de los 34 candidatos participantes ofrecieron acabar con el crimen organizado. La excepción fue el nostálgico Ricardo Belmont, quien invocó recetas de la Lima de ayer, a la que gobernó entre 1990 y 1995. Quizá se haya abstenido porque, como él mismo dijo, era el más viejo. Pero el resto exhibió triunfalismo, y es difícil criticarlo. Había un esquema de mensajes cortos, en el que los candidatos debían resumir su propuesta en un minuto, y luego responder varias preguntas de los conductores –sin excederse de dos minutos y medio– en tres sucintas intervenciones. Estas preguntas los alejaban de su idea central. Podían referirse a aspectos muy particulares de la problemática, a veces con requerimiento de cifras e indicadores. Frecuentemente terminaban silenciados a la mitad de una frase.
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