Cope Zaragoza
La música que acompaña a las estaciones de penitencia durante la Semana Santa es una parte fundamental de la experiencia, pero su origen y estructura son a menudo desconocidos. En el programa ‘La Mañana de Fin de Semana’, Fernando de Haro ha conversado con Sara Ramos, profesora de composición en el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo de Sevilla, para desgranar su historia. Según Ramos, las primeras composiciones datan de finales del siglo XIX y eran principalmente marchas fúnebres con un marcado carácter militar, pensadas para bandas militares y para retratar el luto de la Pasión. La evolución de estas piezas tuvo su epicentro en Sevilla. Ramos ha señalado que, aunque a principios del siglo XX la familia Font de Anta ya marcaba un estilo, la “gran revolución” llegó de la mano del compositor López Farfán en los años 20. Farfán impuso un modelo de marcha alegre, un concepto que rompía con el tono lúgubre anterior y que, según la experta, fue “muy criticado” en su momento. El punto de inflexión fue la marcha “Pasan los campanilleros”, escrita por Farfán en 1924. En ella, introdujo instrumentos considerados festivos, como campanillas y ocarinas, creando un “ambiente de celebración”. Esta audacia, ha explicado Ramos, “la pagó duramente el pobre Farfán, porque le censuraron la marcha, y la marcha estuvo sin tocarse durante décadas” hasta que fue recuperada posteriormente. La catedrática ha detallado la estructura de tres partes que López Farfán estereotipó y que hoy es canónica en muchas composiciones. Anteriormente, se adaptaban obras de culto, pero Farfán instauró un esquema propio. La pieza arranca con una introducción de carácter lírico y progresivo, que da paso al primer tema. Tras el tema inicial, irrumpe el “fuerte de bajos”, una sección de gran intensidad donde los metales adquieren todo el protagonismo, un recurso pensado para ser interpretado en la calle ante multitudes. Ramos lo describe como el momento en que todo estalla: “el volumen de los metales es realmente lo que rompe”, creando una atmósfera de gran intensidad emotiva que acompaña el avance del paso. Es el instante que provoca que “todo el mundo se quede callado”. La tercera parte es el “trío”, que se caracteriza por tener una textura diferente y un carácter lírico y expresivo que contrasta con la fuerza anterior. La compositora también ha hecho un apunte técnico clave: las marchas son siempre binarias para acompasarse al paso de los costaleros. “El paso del costalero va un, 2, un, 2, y siempre tiene que ser binaria, un ternario no entraría, serían incapaces de moverse con ese ritmo”, ha aclarado. Preguntada por el poder emocional de esta música, Sara Ramos cree que se debe a que “transmite muchas cosas” y está íntimamente ligada a la religiosidad popular, la imagen y el sentimiento. La experta ha recordado la famosa cita que resume esta simbiosis: “estoy viendo lo que oigo”, describiendo una música casi programática. Además, apela directamente a la memoria personal: “nos emociona mucho, porque es una parte de la vida, y de la experiencia y de los recuerdos”, ha confesado. Esta tradición musical sigue viva y en constante evolución, hasta el punto de que, como ha revelado la catedrática, ya existe “música de Semana Santa en videojuegos”. A pesar de su enorme peso cultural, su estudio no está reglado en los conservatorios. Por ello, Ramos y otros profesionales impulsan proyectos para “acometer la necesidad que tienen estudiantes de composición que hacen marchas” e integrarla en los planes de estudio.
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