Cope Zaragoza
Madrid amaneció este Domingo de Ramos con un cielo despejado pero con un sol engañoso. Frío ambiental, más propio de los días duros del invierno que de la primavera recién estrenada. El viento, racheado e incómodo, se convirtió en un enemigo constante, desluciendo las embestidas y obligando a los toreros a un ejercicio continuo de firmeza. Aun así, la respuesta del público fue notable: cerca de media plaza en los tendidos de Las Ventas, con ese aficionado fiel que no falla pese a las inclemencias. La corrida de Dolores Aguirre, desigual de hechuras y escasa de fondo en su conjunto, dejó más complicaciones que opciones, con un lote en el que apenas asomaron matices en el primero, quinto y, con más contenido, en el sexto. Ahí se escribió el argumento central de la tarde. Cristian Pérez, que confirmaba alternativa, dejó desde el inicio una impresión de firmeza y determinación. Ya en el toro de la ceremonia tuvo que imponerse a un animal deslucido, de embestida incómoda y querencia acusada, al que costó incluso llevar al caballo en medio del vendaval. Supo someterlo en los inicios de muleta, tirando de mando en los doblones para fijarlo, y más tarde, ya en terrenos de sol, logró extraer muletazos de mérito, especialmente por el izquierdo, tragando y aguantando las constantes miradas y derivas del animal. Incluso sufrió una primera voltereta, sin consecuencias aparentes, en una de las coladas que marcaban el tono de la faena. Lejos de venirse abajo, insistió hasta dejar una estocada efectiva que provocó petición, finalmente reducida a una vuelta al ruedo. Pero lo verdaderamente trascendente llegó en el sexto. Pérez volvió a salir decidido, consciente de que ahí podía estar la llave de su tarde. El toro, basto y de comportamiento áspero, ya dejó claro desde el capote su carácter, con embestidas bruscas y sin entrega. Tras un paso por varas engañoso, en el que amagó con emplearse para después desentenderse, el confirmante se fue a la muleta con la intención de someterlo desde el inicio. Lo hizo con firmeza, plantado, intentando gobernar las arrancadas violentas del animal. En ese pulso llegó el drama. En el arranque de una tanda, el toro se le vino recto, sin previo aviso, y lo prendió de manera estremecedora. Lo volteó con violencia, girándolo en el aire, y ya en el suelo se ensañó con él en una escena angustiosa, agarrándolo mientras los capotes acudían sin lograr quitárselo de encima con rapidez. Fueron segundos eternos, de silencio absoluto, con la plaza encogida ante la crudeza del momento. Evacuado a la enfermería, la sensación era de máxima gravedad. Afortunadamente, y milegrosamente, el percance quedó en varios puntazos y una cornada en el muslo derecho. Pudo ser aún peor pese al pronóstico grave que firmaron los doctores Padrós. Pero ahí quedó la imagen de torero con proyección y futuro. Uno más. Isaac Fonseca dejó una actuación de menos a más. En el tercero se encontró con un toro castigado en exceso en varas, que terminó por apagarse pronto, frenándose y desarrollando sentido. No hubo opción de lucimiento aunque 'pajareó' más de la cuenta en la cara del toro. Muy distinta fue su actitud en el quinto. Allí apostó por los medios y por la distancia, planteando la faena desde la inteligencia. El toro, con movilidad inicial, respondió mejor cuando se le dio sitio, permitiendo al mexicano aprovechar esa inercia con un trazo ligero y continuo. Sin embargo, cuando intentó someterlo en corto, afloraron las complicaciones, especialmente por el pitón izquierdo, donde el animal escondía peligro. Fonseca entendió el planteamiento y dejó pasajes de interés, aunque sin llegar a redondear una obra completa. Antonio Ferrera, por su parte, firmó una tarde de oficio puro. Ante un lote sin entrega, de embestidas deslucidas y querencias marcadas, el extremeño optó por una lidia inteligente, sin alargar innecesariamente los trasteos. Siempre atento también en labores de brega, sostuvo la tarde desde la colocación y la experiencia, resolviendo cada turno con solvencia práctica. Sus faenas, planteadas en terrenos de seguridad, no pasaron de lo necesario ante la falta de opciones de sus oponentes. El manejo de la espada, eso sí, terminó por restarle mayor lucimiento a su paso por la tarde.
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