ABC
Desde hace semanas asistimos a un fenómeno recurrente en la cobertura de la huelga médica nacional: la atribución de adscripciones políticas a quienes encabezan las protestas. Se rastrean antiguas declaraciones, simpatías personales y asistencia a determinados actos con un único objetivo aparente: deslegitimar al portavoz. Como tantos compañeros, pertenezco a la mayoría silenciosa de médicos que sostiene esta huelga sin militancia política. De hecho, somos muchos los que arrastramos una profunda desafección en este sentido: la sensación es que, gobierne quien gobierne, nadie ha defendido las condiciones laborales de los médicos. Nos manifestamos porque esas condiciones vulneran los derechos más elementales. Encadenamos guardias de 24 horas sin regulación efectiva, y con descansos que, debiendo ser obligatorios, son del todo insuficientes. Enlazamos contratos precarios y jornadas laborales que convierten en un acto heroico la conciliación familiar. Convivimos con plantillas infradotadas, mientras la fuga de talento se ha vuelto un problema estructural. Pretender convertir estos hechos en una lucha ideológica es un acto de mala fe. Las jornadas extenuantes afectan a la salud de los médicos, pero también a la seguridad de los pacientes. Disfrazar esa realidad de bandera política es una cortina de humo. Detrás se esconde lo que de verdad está en juego: maltratar al colectivo que sostiene la sanidad pública deteriora, inevitablemente, la atención que reciben los pacientes. Elena Panera Martínez. Bilbao Algunos alcaldes parecen obsesionados con la apariencia de la ciudad. El de Barcelona, por ejemplo, ha decidido que los balcones no deben mostrar ropa tendida. Parece que olvidan que no todos vivimos en pisos espaciosos, ni con pocas personas, ni con habitaciones suficientes para todo lo que necesitamos. Es curioso cómo su mirada siempre va hacia arriba, pero rara vez se detiene a mirar la calle. Allí, quienes llenan los balcones no estropean la ciudad: simplemente encuentran espacio donde sus casas no alcanzan. ¿Acaso no llegará el día en que las medidas se diseñen para que la ciudad sea habitable para todos y no solo bonita para mirar desde el balcón de un despacho? Carmen Rodríguez. Barcelona «Solo sabéis quejaros», «a nosotros nos pasaba lo mismo en nuestra época»... Esas son las frases que más me repiten. Tengo 18 años, soy traductora, profesora de inglés y de niños… y aun así mi salario apenas me alcanza para cubrir lo básico en Madrid. Si consigo ahorrar algo para un pequeño viaje anual, escucho otra crítica: «Deberías ahorrar para independizarte», «no sabes guardar el dinero». Parece que olvidan lo que significa volver cada noche a la habitación que aún es de mis padres, y solo querer escapar, aunque sea por unas horas para no pensar que mi sueldo no me permite siquiera llegar al mes siguiente. Nos llaman quejicas, pero lo que denunciamos es real: salarios insuficientes y trabajos precarios. Nos quejamos porque nos toca, porque es nuestra voz la que debe hacerse oír. Porque, queramos o no, somos quienes construirán el país del mañana, y necesitamos empezar con condiciones dignas. Manuela Conde. Alcobendas (Madrid)
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